Una tal full-anna

Si mi nombre tuviera una pronunciación en otro idioma diferente al español, lo entendería. Si fuera compuesto junto con otro nombre largo, también lo entendería. Si yo hablara enredado, igual lo entendería. Pero es español, es solo un nombre y no hablo de una manera complicada como para que se entienda otro nombre. 
Algunas cosas que a menudo suceden:

Pasé un fin de semana largo en una finca con varia gente que no conocía. Hice clic con una de ellas y a mi regreso le envié un mail con mis datos como habíamos quedado para invitarlos después a la casa. Mi mail tiene mi nombre completo y así le llega al recipiente, mi firma al pie del mail tiene nombre y apellido. Además le escribí al final del mail: “Con cariño, Anastasia”. Su amable respuesta iniciaba con un: “Querida Magnolia….” ¿En serio?!!!  ¡Ni siquiera tengo nombre de flor como para que las haya confundido! Este pasó de largo. 

Tacha. Tachita. Ese es del colegio. Nunca me gustó. El primero menos que el segundo. Inevitable pensar en el horrible dictador del hermano país al norte del mío. Y peor aún acordarme de que con ese nombre me molestaban. ¿Algo más feo para una chiquita de edad escolar que la llamen como un hombre? La mamá de un vecino del barrio cuando me conoció me dijo: “como Anastasio Somoza…ja-ja-ja”. La señora aparte de que no tenía tacto, tenía cara de bruja, se rió como una y para mí, de ahí en adelante nunca dejó de serlo.

– “¿Me dijo que su nombre es Anastasia Alfaro?” me pregunta la señorita por teléfono. – “No señorita, eso se lo acaba de inventar usted porque hizo una relación con el colegio que lleva el nombre del educador de apellido Alfaro. Ni siquiera le he dicho mi apellido”. Le contesto con los ojos vueltos para arriba. Pero en este caso el nombre no se ve afectado. Estuvo cerca.

Natalia. Natasha. Nicole. Nastassja.
“Escriba por favor la dirección de mi e-mail con “s” no con “c”, de lo contrario nunca me va a llegar” advierto siempre.
“Con doble “s”…?” “Al final o al principio…”? “Intercalada…?” “No era con “c”…? ”Lleva “h”…?

Algunas de las maravillosas preguntas que tienen que ver con la ortografía de mi nombre. 

Es mejor cuando me relacionan con la zarina porque la historia de la rusa tiene el elemento de la realeza. 
Por lo menos pocas veces me nombran a la hermanastra de Cenicienta.

Mi preferido es cuando llegó el hijo de un jefe a la oficina. Él estaba pintando cuando me lo presentaron. Tendría unos 5 años. Me volvió a ver y siguió pintando. Pasaron unos segundos, alzó la vista con cara de incrédulo pero muy concentrado y me dijo: “en serio, ¿cómo se llama usted”?

Muchos deciden afectuosamente acortar mi nombre a Ana. A-nas-ta-sia. Por ningún lado veo el Ana solito. Tampoco me dicen Stasia como si tuviera dos nombres y se dividieran de esa manera. Pero debo admitir que ese Ana me gusta porque es cariñoso. Ese Ana es el que usa mi familia. Es corto. Es cercano. Es del corazón. De ahí nace una tal full-anna.

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El carné pasivo-agresivo

Hoy estaba cambiando los documentos de mi billetera vieja a una que me acaba de regalar mi esposito. Regularmente limpio y reciclo todo en mi vida por lo que disciplinadamente (obsesivamente) decido reacomodar. Boto las facturas de un viaje del que acabo de llegar y guardo las de garantía, reviso fechas de vencimiento de cédulas y licencia, verifico que el billete de la suerte esté en buen estado, que la Santa Lucía que me regalaron mis papás en enero (para amor y dinero el año entero) esté como recién cortada, que la semillita de un árbol que me recuerda a mi hermano esté entera y demás asuntos “normales” relacionados con la limpieza de una billetera.

Los carnés de los seguros están vigentes, en buen estado pero le pregunto a mi esposo si todos sirven. Me dice que sí y que ojalá nunca los necesitemos. Que así sea.   Me dice que uno de ellos es el local por lo que lo coloco en otro compartimento. Pero lo leo con detenimiento y me recuerda en letras mayúsculas debajo de mi status de seguro algo que no fui… Se lo enseño a mi esposo y nos carcajeamos. Hacemos chistes negros y blancos del asunto. Gracias a Dios nos reímos. Somos buenos para reírnos de nosotros mismos.  ¿Qué pasaría si el hecho involuntario de que no sucedió me afectara? ¿Si estuviera en depresión por el asunto y cada vez que voy a una cita al doctor la compañía del seguro me lo recuerda?  No hay ningún problema, parece que ellos pensaron en todo. Ellos están de mi lado. Ellos me apoyan y me entienden. Ellos me acompañan. Favor ver el eslogan debajo del logo. Decidí que es un carné pasivo-agresivo. 

El día que me casé

Amor en bolsita, Cereza de invierno, Uchuva, Goldenberry, Aguaymanto, Coqueret du Pérou, Amor Escondido, Uvilla, Tomatillo o su nombre científico: Physalis peruviana. Es una fruta exótica originaria de América del Sur. Adquiere su color dorado del sol, viene protegida en una delicada bolsita que parece un capullo bordado a mano por las más finas tejedoras. Es como un mini nido de oropéndola. Su sabor es agridulce. Como el amor.

Decidí copiarle la idea a Martha Stewart pero a falta de cerezas frescas por la época, tropicalicé la idea con el Amor en bolsita.  Una señora muy amable me las trajo directo de su plantación en San Gerardo de Dota. Le había pedido a María Elena, mi amiga-profesora-filóloga que me ayudara a hacer una frase para colocarle una etiqueta a cada bolsa, haciendo una analogía entre el sabor agridulce de la fruta y el amor. No lo logramos pero no importó porque las bolsitas se veían divinas con lo que parecían ser mini linternas. Las bolsas blancas de unos ocho dedos de altura de papel encerado las mandé a hacer en Alajuela por encargo. El sello de agua con nuestro monograma lo mandé a hacer en República Dominicana, la tierra de mi esposo. Le puse el sello a cada bolsa en la parte superior, una por una. Cada puesto tenía su dosis de Amor. En bolsita. Me encantan los detalles y complicarme la vida. Lo disfruto. En algún momento de la noche ví una guerra de uchuvas entre algunas mesas. Eso no lo disfruté tanto por lo que preferí hacerme la loca.

De ese día no me acuerdo de muchas cosas pero ayer que ojee mi álbum de bodas y mi baúl, me hicieron recordar muchas que estaban dormidas.  El joyero plateado en forma de corazón para llevar las arras -al que Mami siempre tan detallista le puso una cinta con florcitas, el pedacito de tela con nuestro monograma azul que Mami me bordó en el ruedo del vestido, el periódico del día que nos casamos que Papi me guardó para que me acuerde de lo que pasaba ese día, el libro de firmas de invitados, los recortes de las listas de regalos de los periódicos, las tarjetas de felicitación, mi antifaz del carnaval y algunos pétalos de flores entre algunos de los recuerdos que me encontré.

Mi bouquet tenía 60 tulipanes rojos. Es mi flor preferida. Cuando lo ví me pareció un espectáculo. Me lo hizo Javier Sanjuan quien ya no está con nosotros. Se fue antes de tiempo. Toda la decoración la hizo “Chavi” (de Xavi en catalán) como le decía -como le dice- su madre.   Estoy segura que como siempre, cobró mucho menos pero parecía que habíamos gastado una pequeña fortuna. Ese amor por su trabajo  y don de servir a los demás hacía que todo brillara y se multiplicara. Quise hortensias porque me gustan mucho, un ramito cubre una gran área y además es de las flores más baratas. Estaba muy “in” combinarlo con frutas y verduras, en mi caso lo hicimos con manzanas verdes y guineos.

En este momento voy en un avión hacia Boston y decido levantarme para ir al baño pero la aeromoza-policía me dice: “tome asiento que el capitán va a ir al baño…” Parándome en seco con una mano haciéndome la señal de alto. Tranquila que no voy a secuestrar al piloto. A la mierda mi concentración.

Hablando de idas al baño, recién salida de la iglesia entré corriendo al salón para hacerme un retoque. Mi peluquero-maquillista-amigo estaba por ahí por lo que recibí un upgrade instantáneo en los servicios contratados. Me ayudó a retocar el maquillaje y cuando me quitó el velo le pareció que mi moño se veía muy pequeñito por lo que decidió coger unas flores de los arreglos de los baños y encaramarlas de manera artística para que se viera mejor. Lila con blanco fueron los colores de mi nuevo moño con flores junto con la tiara de cristales irregulares. Me arrepiento de no haberla comprado. La alquilé en República Dominicana. Tenía “opción de compra” pero decidí no gastar más de la cuenta. Raro en mí.

Viendo las fotos me da nostalgia alguna gente que hace falta. Que se fue. Algunos a su tiempo, otros se adelantaron. Por supuesto mi hermano. Se fue mucho, mucho antes de lo esperado. Quedó flotando en el tiempo. Guapo y joven por siempre en las fotos. Al estilo de una estrella de cine que se inmortaliza y se hace una leyenda. Al menos así quedó en mi recuerdo, en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma.

Estos vinos están haciéndome pasar una mala jugada. Al menos sirven para recordar. Y son gratis. Mejor le pido la tercera copa a la sobrecargo y sigo recordando.  Salomón, un compañero de mi esposo en la maestría también se fue antes de tiempo. Desde la boda no lo volví a ver más. Gran aprecio le tuve siempre. Mi tío Néstor se fue casi a su tiempo, aunque nunca es el tiempo.   Siempre lo asocio con películas de miedo porque le encantaban. “Birds” de Hitchcock. Estaba en su casa y la ví de reojo.  Me acuerdo de muchos cuervos sacándole los ojos a la gente. Escenas en blanco y negro. Se suponía que era de miedo pero más bien me causó tristeza y ansiedad.  También vimos juntos “Alicia en el país de las maravillas”. No es de miedo pero mis gritos en el cine hicieron que nos tuviéramos que salir.  Aquel gato morado que aparecía y desaparecía a su antojo. Cheshire fue el culpable.

Otros invitados han desaparecido de la escena porque los matrimonios tienen fecha de vencimiento aunque nosotros no lo sepamos. Tema para otro día.

Regreso del baño y de 12 personas que hay alrededor mío en el avión hay unas tres que duermen con la boca abierta. Por eso no me gusta dormirme en los aviones. El vecino mío cuando ronca hasta brinca y se durmió muy sentado con las manos sobre la mesa al lado de su libro “The Thousand Autumns of Jacob de Zoet”. Pareciera que lee pero duerme plácidamente. Que le aproveche.

Me acuerdo que ese día trabajé en la boda hasta después de almuerzo. Tenía muchas cosas que hacer. Yo me encargué de toda la organización y tuve una maestro de ceremonias. Ya para ese entonces me gustaba organizar eventos y el mío lo disfruté muchísimo. Tanto así que después de haberme casado quería que todos se fueran a sus casas porque…no sé por qué. Siempre me pasa cuando hago un evento para mí. Disfruto más la organización. Al rato entro en calor y me encanta hablar con la gente pero sentí que ese día había mucha presión de mi parte por querer controlar todo y que saliera perfecto. La boda fue un viernes a las ocho de la noche y el domingo de madrugada me iba a vivir afuera sin saber cuando regresaría a mi país. Nunca había vivido afuera. Nunca había estado lejos de mi familia y amigos. La verdad yo no quería hacer boda, me quería escapar y llegar casada para evitarme la despedida uno a uno y algunos problemas tontos. Que si mi primo estaba invitado -me preguntó mi tío. Primo que no estaba invitado. Que si pueden llevar los chiquitos. Boda sin niños, por favor. Que si la prima de Mami puede ir acompañada porque no tiene cómo devolverse. Oooooootro puesto que hay que pagar. En fin, las discusiones normales de casi cualquier boda. Pero mi novio me dijo que él si quería boda porque era como mi despedida. ¿Y qué si qué? Cuando la primera de mis amigas se fue a la media noche empecé con el llanto. Fue una noche agridulce. Como el Amor en bolsita. Como si lo hubieran predicho las uchuvas. No había de otra, Pao tenía que darle de comer a su bebé recién nacido.

En las fotos de la boda la gente se ve muy feliz. En las fotos en general, el 99 por ciento de la gente se ve feliz. Por eso no tomamos fotos en funerales… ¿para qué queremos esos recuerdos en papel o digital? Ya es suficiente con llevarlos en la cabeza. Pero sí queremos plasmar para siempre la felicidad, una carcajada, una pose vacilona, la juventud.  Ahhhhhh esa es otra, muchos se ven muy jóvenes. En los que más se ve la huella del tiempo es en los que ya tenían juventud acumulada. El tiempo no perdona ni pasa en vano y pasa más rápido en los mayores, creo yo. Al menos a mis papás les faltaba dos meses para empezar a envejecer de golpe con la partida de mi hermano. Todavía en esas fotos no nos imaginábamos lo que iba a pasar, había mucha felicidad en el ambiente como para siquiera imaginarlo. A Mami sólo le veo unas bolsas debajo de los ojos  como si ahí se le hubieran acumulado todas las lágrimas; el peso es el mismo, el pelo también aunque no sabemos con certeza porque se lo tiñe. A Papi le cayó una nevada en la cabeza y el bigote. Se ve más jalado pero se ve mejor ahora que en las fotos. El tiempo suele ser bondadoso con los hombres.  Los mas jóvenes se veían viejos posiblemente a causa de esa necesidad de verse más maduro. Esos ahora están mejor. Posiblemente porque estoy en ese grupo. Espero poder decir lo mismo dentro de otros quince años.

Faltan 50 minutos para llegar a Boston. Esta semana hubo tormenta la cual bautizaron como “Thunder Storm”. Estuvo fuerte pero no fue para tanto. Me encantaría ver nevar, hace mucho que no veo nevar y nunca he visto nieve por montones. Me parece un fenómeno de la naturaleza espectacular y romántico.

En el departamento romántico-cursi tuvimos una sesión de fotos aparte después de la cena. Yo no quería que el novio me viera de novia antes de casarnos y no quería la típica sesión de la novia sola por lo que hicimos ese arreglo. “Tómele las manos y mírele el anillo” dijo el fotógrafo. “What?!!” y nos dió una risa nerviosa a los dos. Ahora la foto me hace gracia y me acuerdo lo mucho que nos reímos en esa sesión.  Le pedí poses diferentes, inspiradas en las muchas revistas que me había prestado mi amiga-chef Andre quien tiene un gusto exquisito. Me las había estudiado una a una, había tomado notas y tenía mi portafolio con recortes, anotaciones y todo lo que me pareciera útil. Lo inútil también.  Tiempo después de haberme casado mandé a hacer un álbum como los de las abuelas, con cartulina negra por dentro y divisiones de papel cebolla, forrado en seda cruda roja y cosido a mano con una cinta. Cada foto se coloca por las cuatro esquinas. Me parece que es toda una joya.

En la tarde de la boda cuando llegué de decorar no pude dormir por lo que me dediqué a ver a los demás. Karla se alistó en casa con nuestro peluquero-maquillista-amigo y después se fue para la suya. Georgina en ese momento vivía afuera pero estaba en casa. Quiso colochos como siempre. Desde chiquitita soñaba con ser colocha. Como yo. Tenía un pelo lindo muy lacio y largo. Ahora tiene tantas ondas que casi parecen colochos y a mí se me fueron los míos los cuales extraño.  Mami se peinó donde Lidiette, su peluquera de casi 46 años y se maquilló sola. Nunca le ha gustado que nadie más lo haga.  Fui la última en alistarme. Cuando terminé me dí cuenta que mis papás y hermana se acababan de ir. Se despidieron a la carrera. Mi hermano y la novia ya iban saliendo… ¡Casi me dejan todos! ¿Quién se olvida de la novia? Ibamos rápido porque creo que había riesgo de llegar un poco tarde. La maestra de ceremonias estaba nerviosa, me dijo que el novio había llegado hacía como una hora y que el padre iba a empezar sin mí…pero por Dios, ¡eran apenas las 8:05 de la noche! Cinco minutos de atraso. Además, ¿cómo el padre iba a empezar sin la novia?

En el desfile se me nubló todo pero me acuerdo que la iglesia se veía espectacular llena de candelas y con las hortensias en el altar. “Tranquila, esto lo llenamos de candelas y le ponemos unos setos a ambos lados del pasillo y va a ver cómo se ve” me dijo Javier. ¡Qué razón tenía!

Esa noche pasó muy rápido. Mi parte preferida fue la ceremonia. Cuando entré a la iglesia se sentía un calorcito delicioso. Estaba llena de gente querida y no cabía una persona más. Estaba nerviosa por desfilar ante tanta gente. La luz amarilla tenue de las candelas era perfecta. Mi casi esposo al frente se veía muy guapo. Cuando Papi me fue a entregar se enclochó y no me dejaba ir. Debe ser difícil dejar ir a los hijos. Le tuve que decir en voz baja que me entregara. Nos reímos. La ceremonia fue emotiva y alegre. En casi todas las fotos salimos carcajeándonos.

Siempre pensé en el discurso de Papi. Vimos The Father of the Bride juntos –creo que más como una especie de entrenamiento de mi parte. Lloraba de emoción cada vez que la veía. Papi siempre tiene frases apropiadas para cada momento. Siempre hay una anécdota. Es muy cariñoso y emotivo.  Y señoras y señores, se volvió a enclochar y decidió pasarle el micrófono a Mami y después a mi suegro. Le huyó al discurso público. Lo dejó en manos de los demás. Y yo no lo podía creer. No había marcha atrás en la decisión. No había discurso con frase apropiada para la ocasión, ni cita citable ni verso sin esfuerzo. Otra muestra de que en la vida muchas cosas salen diferente a como uno las planifica. Como cuando en el brindis aparecen los saloneros con guantes blancos haciendo un desfile enfrente de mi mesa y con una rosa roja cada uno. Sí, guantes blancos y una rosa. ¿Qué era esto? ¿Mickey Mouses románticos? A mí nadie me dijo de este show. No me consultaron si quería tener unos mimos. Tuve que sonreír y esperar a que terminara el desfile de abanderados. De todas maneras fue una noche muy linda.  Yo fui quien manejó mi carro al hotel porque el marido no estaba en condiciones ya que había bebido como los peces en el río.  La delicada novia manejando un pick-up…

Ya casi a punto de aterrizar me pongo a pensar que muchas cosas fueron diferentes a como me las esperaba, entre ellas mi matrimonio. Ha sido mejor de lo que me imaginé, con sus altos y bajos por supuesto pero lleno de sorpresas, de paciencia, de respeto, de cariño y de amor. Como la canción de Juan Luis Guerra que bailamos en el kiosco que parecía de cuento. Una canción que mi marido me había cantado meses antes en la Soda Tapia en una madrugada. “Eres como una hormiguita/que me besa y me pica…”. Decidimos que ese sería nuestro vals.

Sí me volvería a casar. Con el mismo. Sí me disfrutaría más la fiesta. Ese día fue como una canción estridente a todo volumen que pasó muy, muy rápido. Tengo flashes por todo lado. Todos estaban felices. Todos se enfiestaron.

A veces hay fiestas espectaculares y los matrimonios son lindos, en mi caso es alrevés, la fiesta fue linda y el matrimonio ha sido espectacular.

La maleta

Esa vez viajé sola y el peso de lo que llevaba en la mano estaba muy por encima del equipaje permitido. Cuando viajo con el marido es más fácil pero cuando voy sola me encuentro con algunas restricciones que me van poniendo ansiosita.
Llevaba la maleta de mano, un bolso cruzado que pesaba como la maleta de mano y un backpack con la computadora que pesaba lo mismo o más que los dos anteriores. Ya esa computadora está obsoleta y pesa como un yunque. Nada de lo anterior se podía mandar por equipaje. Dios guardísimo. Además me lo hubieran cobrado y por política personal me rehuso a pagar un cinco en equipaje extra. Hacía frío afuera del aeropuerto por lo que venía bien abrigada pero cuando entré la temperatura estaba bastante agradable. Ya todo estaba calculado, el abrigo fashion que se usa cerrado lo dejaría abierto y me serviría como una capa para camuflar el backpack que me iba a poner entre mis dos layers de ropa y el abrigo. Si me hubieran visto de perfil hubieran creído que tenía algún problema severo de espalda con aquella joroba. Mientras hice la fila muy de frente al counter mantuve una cara de persona relajada que no tiene peso alguno en la vida. No tensé ningún músculo y la postura fue la de alguien a quien no se le estaban dislocando el hombro y lesionando algunas vértebras de la columna mientras se arrecostaba sobre un lado del cuerpo.

No contaba con un ambiente taaaaan agradable dentro del aeropuerto.  Empecé a sudar pero eso es algo que con los años he aprendido a controlar casi por completo. Solamente ignore la reacción física y ésta desaparecerá -es la instrucción. 

Pasé al counter y me dió por la habladera, con mi simpatía logré superar el primer obstáculo. Simpatía tiene que ser, no hay de otra. Aplíquelo para todo en la vida. He comprobado que cuando es al contrario, es como un imán que atrae a la pesa de maletas o para ser realistas, cualquier mal rato en la vida. En dos ocasiones en que no hicimos química y no le caí bien a las señoritas del counter me invitaron a buscar a alguien que me llevara el exceso de kilos que marcaba la báscula y entregárselos a otra persona que llevara menos peso. No entiendo todavía qué hace uno si no se encuentra con algún conocido a quien no le dé pena pedirle semejante y comprometedor favor en caso de no querer pagar. ¿Botar a la basura el exceso de cositas lindas? Como me considero una persona dichosa hasta en estos asuntos, en esas dos ocasiones iban unas conocidas en la misma aerolínea y me ayudaron a cargar aquellas bolsas. Plástica blanca en una ocasión (no sé de dónde salió. Sin agarraderas y sin pertenecer a ninguna tienda, estilo bolsa Kanguro pero sin marca, a punto de reventarse) y en el otro caso una bolsa negra de tela de una cartera que llevaba para las salidas elegantes. Metí todo revuelto como en una piñata y después de migración estas amables personas me hicieron entrega de mis pertenencias para acomodarlas nuevamente. Es toda una farsa la que monto. Algo para pasar el control. 

El segundo obstáculo es el muy temido mensaje en vivo antes de abordar el avión: “No contamos con suficiente espacio a bordo por lo tanto las personas que viajen con más de un equipaje de mano deberán chequearlo…”. 

Aquí funciona aplicar el don de la invisibilidad. Igual, se suda. 

 Me gusta viajar. Me encanta andar cómoda, comprarme cositas lindas y diferentes para mí y para la casa. Eso lo saqué de Mami. Siempre traía de sus viajes las cositas más lindas y diferentes. La casa tiene recuerdos de cada viaje. No entendía muy bien porqué Mami compraba algo complicado de empacar o que se podía quebrar. Aquel papiro -asumo que lo trajo enrollado en un tubo, adornos de metal o de porcelana, un pichel de un anticuario…. Cada esquinita de la casa de Mami tiene algo que es una piecita de conversación. Casi detrás de todo hay una historia. Ya todo está claro. Soy igualita a mi madre. También soy la persona más complicada para empacar -antes y después. Para nada soy una viajera light. Con Rey he aprendido a viajar un poquitititito más liviana pero no del todo. Lo del poquitititito se debe a que no le gusta chequear maletas pero ya hemos llegado a un feliz término intermedio: sólo una maleta se envía por equipaje. Más las 7 que llevo de mano. Hay gente a la que le da paz no llevar casi nada, a mí me da paz llevar casi todo el closet. Me causa felicidad saber que todos los días me puedo poner ropa limpia, que tengo de donde escoger y hacer diferentes combinaciones, que no paso ni frío ni calor y que la foto del recuerdo no queda como un retrato. Literal.  Necesito llevar una mudada diaria, una para la salida elegante, diferentes zapatos y estar preparada para casi cualquier clima. Voy para la playa pero vea a ver que se venga una ola de frío, si voy para el frío vea a ver que se venga una ola de calor. Ya me ha pasado.

No me gusta eso de andar en tennis de correr. Ahora que no estoy corriendo, menos que los llevo de viaje. Pero sí unos tennis cómodos. Y cool. Mejor aún si pasan por el filtro de mis sobrinas y son piropeados por ellas.

Necesito llevar conmigo diferentes aretes, collares, anillos, gargantillas, bufandas, pañuelos, tiras para el pelo… En fin, todos los accesorios necesarios para realzar la belleza griega. Me gusta estar cambiando y verme diferente todos los días. Aunque sea en el bosque. Aunque no haya nadie. 

Últimamente me he puesto como tarea alistar en tiempo récord y pongo el timer del celular para cumplir con la meta. Incluso ha dejado de ser aburrida la empacada. Pongo musiquita, me hago un té y arranca la contrarreloj. Poco a poco he bajado los tiempos. El problema es que cuando voy a buscar algo al clóset, me encuentro que hay algo desordenado o que necesita limpiarse y mi leve déficit atencional me juega una mala pasada. Pero entonces lo tomo como un extra bonus y lo rebajo del tiempo final. Una simple ecuación matemática lo arregla todo.

 Para muestra de la complicación, un botón. En este viaje traigo tres piezas de equipaje para ser estrictos con los términos utilizados por la aerolínea. No así con la cantidad.

Mi maleta mágica de mano, mi bolso cruzado y un bolso de manta con dos canastas de metal. Sí, dos canastas. De frutas o verduras, o lo que sea. Las compré pensando en la cocina. Ya les tengo un lugar. Yo diría que en una caben unas 10 naranjas y en la otra una sandía y una papaya. También pueden ser semillas secas, me dijo la señorita en la tienda pero ahí aumentaría considerablemente la cantidad de éstas. Ese es el tamaño aproximado. Haga cálculos. Dentro de los artículos que suelo traer y que requieren de un empaque especial pero que he llegado a casi perfeccionar están los tés (en lata y en bolsa), sales de cocina en frascos de vidrio (dos de cada una, para mí y para mi hermana), vasos de vidrio para sangría, piezas de metal para colgar los abrigos, aisladores de cocina en forma de lechuza que pesan como una valija de mano, perillas de puertas, mantelitos y pañuelos bordados (dos de cada uno, para mí y para Mami), azúcar en cristales en caja de cartón, mermeladas en frascos de vidrio y por supuesto libros.

 Junto con las canastas de malla de metal, traigo en la maleta de mano mis accesorios de varios días, 9 libros de los cuales dos son para un coffee table –nunca son pequeños ni livianos, mucho papel de carta y post cards. Es mucho porque cuando los compré la dependiente de la tienda me dijo sin habérselo pedido (nunca lo pido, soy mala para eso) que me iba a hacer un descuento porque nunca había visto a alguien que comprara tantas tarjetas. Me preguntó si las coleccionaba y me quedé pensándolo porque me gustan tanto que cuando las doy casi me duele deshacerme de ellas. Le dije que no sólo las doy por el cumpleaños, las doy cuando alguien está triste, si alguien se enferma, para Navidad, para celebrar la llegada de un bebé, por un logro alcanzado, para cuando alguien “se va” o porque sí…. Me dijo que mis amigos deberían sentirse felices de que siempre les voy a dar una tarjeta. Bonita forma de verlo. Estoy reconsiderando no perder mi tradición.

Me encanta sentarme en mi estudio, abrir mis cajas forradas en tela y ver cada una de las tarjetas. Algunas son de enmarcar de lo geniales que son. Hay gente que cuando esté mayor va a tener varios gatos. Yo voy a tener muchas tarjetas.

La tarjeta de cuando alguien “se va” es triste de dar. Mami y yo no decimos “se murió”. No sé por qué. Posiblemente suena a algo final. Para siempre. Aunque así sea. Decimos que se fue. Me acuerdo que después de que se fue Jor, andábamos haciendo unas vueltas en el banco. Todo estaba muy reciente. A Mami le encanta enseñar la foto (una de las tantas) que anda en la billetera. Al principio lo hacía muy frecuentemente, ya no tanto. Siempre lo ha hecho contenta y orgullosa. Esa vez me hizo gracia porque cuando le enseñó la foto le dijo a la cajera que “se había ido”. La cajera después de que le dijo que qué guapo le preguntó para adónde se había ido. Y ahí empezó una tragicomedia. Una rutina digna de una buena escena de cine independiente. Mami no sabía decirle para adónde, sólo le señalaba el cielo con los ojos para arriba pero aparentemente no lo suficientemente alto porque la señorita seguía tratando de acertar en los posibles destinos. Yo tampoco podía decirle para adónde. Quería decirle que se había ido de la casa, de nuestras vidas, del planeta, que se había ido para siempre. Pero eso hubiera sonado más a tragedia que a comedia. 

 Siempre hay un riesgo en que lo preciado desaparezca. Como las dos maletas que nunca regresaron a mí. Una de mano que tiré por equipaje para poder hacer un favor y traerme el favor en la mano. Me tocó reponer las “Memorias de una geisha” prestado que iba en la maleta de mano. Fui lo contrario de simpática con la señorita del counter y sospecho que hubo mano criminal. La otra con los ajuares nuevos para fin de año en la playa, nunca apareció. Por eso siempre hago el disclaimer con los encargos, pedidos especiales y favores, de que no soy responsable de lo que lleve o traiga. Con cada viaje que hago todavía Gaby me vacila con que la maleta ya va a llegar y que esté atenta por si aparece en el carrusel. De esto ya hace tres años. La seguimos esperando.

Aquí voy en el avión con todos mis chunches más preciados en la maleta de mano. El sobrepeso va en cabina. La maleta grande esperemos que llegue a su destino final con éxito.  Todos esperando llegar a casa para buscarles un lugar especial y que se vuelvan una pequeña historia. 

Domenica, Charlie y Lola

Hace unos años nos visitó por primera vez en Bogotá. Vino por varios días y para tener sólo seis añitos me pareció muy valiente. Fue mi compañerita. Se ajustó a mi horario y a mis actividades. También me adapté a las de ella. Es una personita que desde que nos enteramos que iba a llegar a este mundo nos ha traído muchas alegrías. Yo sé por qué lo digo. Domenica es mi sobrina mayor. Es risueña y muy graciosa.

A veces le digo green eyes como la canción: “That green eyes/Yeah the spotlight, shines upon you/And how could anybody deny you”. Durante los dos primeros dos años los tuvo color celeste piscina, tengo las fotos como prueba. Gracias a ese cambio se ganó esta canción de Coldplay, de lo contrario tendría que estarle buscando otra. También le cantaba Tiny Dancer de Elton John pero no parecía hacerle tanta gracia. Esa se la ganó desde que salió en su primera presentación de ballet vestida de conejo. ¡Ay Dios! La belleza de foto que tengo en mi casa. Tiene una diadema con orejas rosadas y peludas. Está vestida con un leotardo blanco y un tutú rosado. Se está riendo de medio lado tapándose la mitad de la cara con las manitas. Con la misma timidez de hoy en día.

Nos encantaba alquilar películas y series. Rey estuvo de viaje varias veces en esos días por lo que dormíamos juntas y veíamos nuestra fábula preferida hasta tarde en la noche.

Charlie es el hermano de Lola. Es rubio, delgado, con ojos almendrados, su nariz parece un número 3 que está de cabeza. Su pelo está peinado con carrera al centro y se para a cada lado, como si le pegara el viento. Su cabeza tiene una forma rara. Como la semilla de un marañón. Siempre anda con camisetas que tienen las mangas de un color diferente al resto de la camiseta, como de los 70’s. Por lo general tiene alguna palabra en el frente. Casi siempre dice “Charlie”. Es muy dulce y cuida siempre a su hermana. Tiene la voz perfecta para ser un hermano mayor. Aunque no sé qué signifique eso.  Cada vez que lo vemos nos dice lo mismo: “Ella es mi hermana menor Lola, es muy pequeña… -hace una pausa y nos vuelve a ver y dice con cariño- y muy graciosa”. Esa es la introducción.  Lola tiene una voz muy dulce y tierna. Es muy parecida a Charlie pero tiene unos lazitos en los pelos parados que tiene a cada lado. Eso es lo que hace que se vea como una niña en vez de un niño. Eso y su ropa.

Las cosas cambian. Algunas mejoran. Otras se quedan igual. No he vuelto a ver a Charlie ni a Lola. Ahora Domenica tiene 13 años. Nos sigue visitando todos los años. Esta vez vino sola en el avión. Ahora se ajusta más fácil a mi horario y a mis actividades. Sigue siendo mi compañerita. Más compañerita. Seguimos viendo series. Hasta la madrugada.

Hace unos días nos estábamos acordando cuando veíamos a Charlie y Lola. Nos reímos. Se me acercó y en voz baja me dijo: “tía, yo estaba enamorada de Charlie…” “¿Cómo?” –le pregunté con curiosidad “si es una fábula” le dije y me contestó inocentemente: “es que por la voz me lo imaginé y me gustó”.

Como me contestaría ella con una gran carcajada: “LOL”.

Descomposición de una canción 

Advertencia: este relato contiene vocabulario o referencias incomprensibles para menores de 35 años.
Siempre me gustó sacar la letra de las canciones. Por “sacar” me refiero a hacer lo que hace uno hoy en día para buscar la letra de una canción cuando se la quiere aprender para cantar a galillo pegado en el carro: googlear el nombre de la canción acompañado de la palabra lyrics y en segundos se tiene la letra completa de lo que busca. A veces no hay necesidad de que el nombre sea el correcto, con sólo una palabra clave a veces es suficiente. Hasta detalla el coro. ¡Qué ilusión! Como hoy en día estamos expuestos a un exceso de información, con sólo un enter obtenemos la versión en audio, la de vídeo en YouTube, versión para guitarra acústica, versión para flauta dulce, versión salsa, versión karaoke, cualquier cover existente y lo que uno se pueda imaginar relacionado con la búsqueda de la canción.
En los 80’s no había tal exceso de información. Las cosas había que buscarlas, había que ganárselas, había que investigar y trabajar duro para obtener el resultado tan deseado. Ese duro trabajo era uno de mis pasatiempos preferidos: pasar horas sentada en una silla, en la sala de la casa frente al equipo de sonido de mis papás que estaba en un mueble de madera oscura torneada donde estaban los acetatos de toda la familia, los cassettes y algunos libros (sí, era la sección musical pero ahí estaban algunos libros). Por supuesto mis cassettes estaban guardados en mi cuarto bajo llave. Jamás expuestos al público. Era uno de mis mayores tesoros. Para mi gran sorpresa hace dos días Papi me mandó por Whatsapp la foto de una maleta café con costuras blancas, tipo ejecutivo y al pie de la foto me puso: “Acomodando me encontré esta valija tuya…con cassettes muy viejos….buen encuentro”. Definitivamente es como encontrarse un tesoro. Estoy deseando ir adonde Papi y Mami para abrir esa maleta.
Vale la pena rescatar las fuentes de donde provenía esta música. Repito, era fruto de un trabajo meticuloso. En su mayoría eran canciones grabadas de la radio. Había que esperar a que salieran las favoritas. A veces, en un acto de desesperación y con mucha paciencia me lanzaba a llamar a la emisora de radio. Pero qué pelada de nance salir en vivo al aire. Una o dos veces colgué el teléfono. Me encantaba cuando alguien pedía en Radio Uno: “Ruper, es para grabar…”. Entonces daban un chance mínimo o no mencionaban el nombre de la emisora después de iniciada la canción. Era como un regalo. Aquella grabación quedaba nítida. Libre de marca alguna.
Triste era cuando la tecla no bajaba a tiempo y la canción arrancaba sin esperarme. No podía comprar un cassette original del grupo o cantante, tampoco quería perder toooodo un cassette en un solo grupo cuando lo que quería era una, la que estaba de moda, el hit; además quería mi cassette variado. Entonces entre la radio y el intercambio de música con amigos, podía tener un buen producto.

Pasaba horas con mis cassettes, dándole a la tecla de rewind -he de admitirlo hasta con temor de dañar la tecla por exceso de uso- para poder descifrar lo que cantaban Boston, Fleetwood Mac, The Outfield, Journey, Bruce Springsteen, Madonna y todos los de mi época. Habían varios factores de cuidado:
a. El ruido tan desesperante que hacía el rewind y la tensión que agregaba a la delicada operación.

b. Lo que podía implicar para el resto de la familia estar poniendo uuuuuuna y oooooootra vez la misma línea porque no daba pie en bola con algún nombre o palabra. No me acuerdo de la existencia de audífonos. Todo hubiera sido más fluido. Había un micrófono pero eso es otra historia.

c. La posibilidad de reventar la cinta y hasta ahí llegaban las horas de labor.

d. El peor de todos: nunca saber lo que dijo el cantante. Muchos espacios en blanco. Esto podía ser catastrófico. Caos total. Derrota.

En este último a veces funcionaba dejar la canción en soledad por varios días. No oírla. No tararearla. Dejarla descansar. A la canción y a la mente. Todo un arte.

Tenía un folder color amarillo claro de cartulina que estaba a reventar por la cantidad de hojas de diferentes papeles, en su mayoría de papel periódico -no existía el reciclaje pero me gustaba porque era más absorbente- diferentes tintas y muchos tachones. Lo de los tachones no me hacía mucha gracia porque denotaba el error en el que había incurrido al no entender bien la letra pero era un intento. Una herida de guerra. Un “no me rindo”.
El título de la canción subrayado, arriba en el centro, iniciando la hoja, al lado derecho el nombre del grupo o cantante. Sin saberlo era mi archivo musical con tecnología de punta. Eso sí, había que buscar de una en una. No me acuerdo haber perfeccionado el sistema alfabéticamente, ni por años o por estilos de música. No importa, era mi sistema y funcionaba a las mil maravillas.

Lastimosamente antes de casarme tomé la mala decisión de botar la carpeta musical. Me acuerdo que no estaba segura de querer hacerlo pero no quería agregar peso a la mudanza. ¡Acharita! Con los años he aprendido a tomar mejores decisiones. Creo que ahora me haría mucha gracia hacer algunas comparaciones de letras entre las mías y lo que me dejaba interpretar el equipo de sonido y las reales. Cada vez que busco la letra de alguna canción, me vienen a la mente todos estos momentos.
También me viene a la cabeza la pena ajena que tuve cuando me dí cuenta que anduve cantando erróneamente por los pasillos del colegio en un volumen censurable una que dice “Come on, shake your body baby, do the conga….”.  No daba con esta línea por ahí del año ’88 y cuando le dije a una amiga de mi tormento me contestó con una seguridad y conocimiento envidiables: “ah, pero está súper claro, Gloria Estefan dice: anda chiquivale baby do the conga…”.

Veintiocho años después sigo buscando la definición de “chiquivale”.

Mis natural highs

1. Comerme una Banana Split

2. Un piropo de mi esposo. Cualquiera

3. Ver una comedia. Y reírme mucho

4. Llegar a la casa y ponerme pijama

5. Secarme con un paño recién salido de la secadora

6. Comprar una obra de arte

7. Que me hagan un masaje de pies

8. Comerme un suspiro bien chicloso

9. Cantar a galillo pegado. Con sentimiento

10. Recibir una llamada de mis sobrinas y oír “tiiiiiiiiaaaaaa….”

11. Acurrucármele a Mami 

12. Cuando Papi me hereda los dibujos que le hice en la escuela. O cualquier cosa vieja

13. Correr bien temprano y que me lleguen los olores de los perfumes de las personas en la calle

14. Cortar un pedacito de ciprés y olerlo mientras sigo caminando

15. El olor del pan recién horneado

16. Sentarme en la playa a ver y oír el mar

17. Respirar el olor del mar

18. Un buen rosé

19. Llegar a la cima de una montaña

20. Oler una gardenia o un jazmín

21. Que salgan mis canciones favoritas en la radio

22. Comerme una empanada de chiverre de Mami

23. Una buena conversa con amigas del alma

24. Un buen concierto

25. Ver el atardecer

26. Ver el amanecer

27. Un buen sueño

28. Despertarme y darme cuenta que todavía tengo un rato más para dormir

29. Reírme hasta que me duela el estómago. Revolcada en el piso

30. Llegar a la meta de una carrera y llorar de la emoción 

31. Sentarme bajo el sol apenas salga en un día frío

32. Caminar descalza sobre el zacate

33. Agarrar a mis sobrinas a besos hasta que no aguanten más 

34. Sentir maripositas en el estómago de la emoción

35. Hacer sobremesa de tres horas. O de cuatro

36. Encontrarme un billete en la bolsa de la bata de baño

37. Que se rían conmigo de algo que estoy contando

38. Pasar un buen rato con viejos amigos

39. Hacer nuevos amigos

40. Comprarme algo que he querido por mucho tiempo 

41. Mi té de las mañanas 

42. Recibir un mail o mensaje de alguien de quien no sabía hace tiempo  

43. Viajar

44. Ver fotos viejas 

45. Que me digan que estoy bonita

46. Soñar con mi hermano 

47. Cuando llego a casa de mis sobrinas y se me tiran desde la escalera 

48. Darme cuenta que me quedan más capítulos del season de mi serie preferida 

49. Comerme un éclair 

50. Hablar con alguien desde el corazón 

Mi tierra

En las últimas semanas estuve con extranjeros en mi querida tierra disfrutando de retreats de los que tanto me gustan, internados en montañas ticas.

Heredé de Papi ese amor por la naturaleza y de Mami el patriotismo por mi tierra. ¿Qué mejor país para los amantes de la naturaleza que Costa Rica? Donde se pasa del mar a la montaña en un toque, donde se va del Atlántico al Pacífico en poquitas horas, donde somos los dueños de un porcentaje importante de la biodiversidad mundial y otros numerillos que nos colocan en los primeros lugares del planeta.  Hace unos días que estábamos viendo un partido de la Selección Nacional mis sobrinas se reían porque me levanté a cantar el Himno Nacional con la mano en el corazón, lágrima en el ojo y un nudo en la garganta de la emoción. Cuando me vieron la cara se dieron cuenta que no era gracioso, que era profundo y serio.  Soy amante de la naturaleza y patriota.

Tengo un chip incorporado que ama lo verde, el cielo azul, las montañas, los ríos, la paz, la gente pura vida, que hace que se me salgan las lágrimas cuando canto el Himno Nacional el 14 de setiembre a las 6:00 pm para celebrar nuestra independencia … creo que todos los ticos lo tenemos.

Estos amigos se han ido fascinados, encantados y enamorados de este paraíso. Quieren volver. No se cansan de decirme lo afortunados que somos.

Pongamos nuestro granito de arena: seamos amables, reciclemos, gastemos menos agua, cedamos el paso, sonríamos y demos las gracias, compremos y apoyemos lo nacional, vayamos a votar. Critiquemos menos este gobierno y expandamos la buena vibra. Hagamos algo. Algo bueno.

Y al mejor estilo de Hugh Grant como Prime Minister en Love Actually les recuerdo que seremos un país pequeño pero somos un país grandioso, el país de mi Tía Panchita, de Mamita Yunai, del polémico Cocorí, de las garantías sociales, de los desfiles de faroles y abanderados el 15 de setiembre, somos el país sin ejército, el país que tiene una escuela en cada pueblito, el país de Marfil, La Banda y Gaviota, somos el país tuanis del gallo pinto donde tomamos yodo, y somos el país de Frankling Chang, de Keylor Navas y de la Gloriosa Selección Nacional que nos llevaron a vivir un sueño.

Desde el río Talari en las faldas del Cerro Chirripó me despido con una sumergida sanadora.

Novatada: error cometido por falta de experiencia

El título es una de las definiciones del diccionario para la palabra novatada. En esta Media Maratón de Bogotá cometí varias. Cinco para ser exacta.  También se usa en el medio deportivo para decir que se ha cometido una animalada cuando ya sabía lo que tenía que hacer. Y que no lo hizo. O que lo hizo. Whatever.

El día anterior nos vamos a la montaña al hike sabatino pero tomamos otra ruta en donde la inclinación del lugar lo aproxima a uno a la Virgen (esto es literal porque en la cima hay una Virgen) y de pronto aquello es más alto que el Chirripó. Es más o menos como ir subiendo gradas dobles pero en la montaña. Entre piedras. Entre árboles. Entre despeñaderos. Por el lado que fuimos esta vez no había río. Ride espectacular como siempre. Una buena dosis de sobrecarga muscular. Novatada número uno.

La verdad, esta novatada la podemos descartar porque hay que entrenar fuerte y ponerle, pero si apenas estoy empezando el training de la temporada entonces califica como novatada. Disculpas por la confusión.

La número dos: ¿Qué parte se nos olvidó de la buena alimentación?

Vamos a celebrar el cumpleaños de una amiga a un restaurante delicioso de comida costeña colombiana… ¡faaaaaa!!!!! Wrong.

Delicioso todo. Como entrada una sopa cítrica con bolitas de algo frito, un zacatal de algo y camarones. De plato fuerte, pescado con una salsa de guayaba (ojo aquí a la guayaba y su papel estelar más tarde) y feijoa (una fruta parecida al cas). Flan de almojábana –sí, ese pancito redondito de maíz y queso que también venden en Costa Rica. Delicioso todo.

Comida caribeña.

Very wrong.

A las 6:00 p.m. empiezan las visitas al baño y no era para maquillarme. No voy maquillada a hacer deporte pero ese día no hubiera estado mal. Espaciadas las visitas pero al fin y al cabo visitas al baño.

6:00 a.m. una pastilla para la pancita y en una hora como nueva. Pero nadie puede quedar como nuevo con sólo unas galletas de soda, melón y té. No para ir a correr.

Viene la tercera. A las 9:15 a.m. con muuuuucha hambre y sin un cinco para comprarme algo. Todo había quedado en el backpack como a 400 m de donde estaba y ya no daba tiempo de ir por el menudo. Aquí, como verán, me doy un extra bonus, dos novatadas en una: con mucha hambre y sin plata.

Con mucho gusto.

9:30 a.m. arranca la Media.

Yo por un lado, Rey por otro. La misma distancia pero íbamos a hacer distintos tiempos por lo que estábamos en corrales diferentes. ¡Snif!

Es tal la distancia al punto oficial de salida que tuvimos que caminar como ganado que va para el matadero, todos tan lentos y apretaditos que cuando pasé la salida no me di cuenta y seguía viendo para un lado a la gente de afuera.

Quise gritarle al animador en la salida de la actividad que yo soy de Costa Rica para que lo agregara a la lista de nacionalidades participantes que estaba diciendo en voz alta para animarnos pero quedé un poco drenada después del Mundial de Fútbol y ni se me ocurrió camiseta estampada, ni bandera, ni un prendedor… mientras, pensaba en qué más podía haber hecho para identificarme en la carrera… “¡Ay!” es lo que digo en voz alta donde me doy cuenta que voy como dormida, pongo el Polar y arranco.

Para variar, estaba frío. Le paso a un mae que llevaba dos mandarinas y estuve a punto de pedirle un gajo pero ni siquiera las había pelado. Crónica de una muerte anunciada. Cada vez que menciono esta frase me acuerdo del libro que estaba en casa de Papi y Mami bajo el equipo de sonido en un mueble de madera torneada. Lindos recuerdos de infancia, sobre todo aquel equipo de sonido que no paraba con The Carpenters y las polonesas de Chopin a la hora de las comidas. El primer acetato era de Papi que me lo heredó dentro de su colección, el clásico era de Mami pero lamentablemente no sabemos qué se hizo. Son las cosas que uno llega a apreciar de grande.

Volviendo al tema: ¿a quién se le ocurre llevar DOS mandarinas? ¿Puede haber alguna fruta más incómoda para cargar en la mano? Claro, una sandía, pero ese no es el punto.

Había tanta gente que no se podía correr rápido, al cabo que ni quería…

1, 2, 3, 4, 5 kilómetros. Todo en orden.

Se me acerca un señor bajito y me pregunta qué tiempo voy a hacer. Le contesto pero inmediatamente decido darle otro tiempo más realista para no elevar las expectativas. Ni las de él, ni las mías.

Justo cuando Rey y yo íbamos temprano en el taxi hablando de eso, pasamos una carroza fúnebre con una cinta -no había visto pero parece que aquí les ponen una cinta atrás en el vidrio del carro con el nombre del difunto… Como Miss Universo pero diferente. Le digo a Rey después de pensar unos segundos: “la verdad, no me importa el tiempo, lo que importa es llegar bien. Ese que va ahí no llegó ni siquiera a hoy”. Rey me contesta: “es cierto, a disfrutarla”.

Disfrutar puede ser una palabra relativa.

El señor bajito se llama don Roberto. Dijo que no durmió bien de los nervios. Que un amigo le aconsejó acostarse temprano y fue peor. Que él este año quiere hacer menos de dos horas. Que sí ha entrenado. Gran diferencia ésta última entre don Roberto y mi persona.

“Yo a usté la vi cuando salió y la ví otra vez en el kilómetro cinco y pensé que me le tenía que pegar porque tiene cuerpo de atleta y viene a buen ritmo” me dijo don Roberto con la respiración entrecortada porque el paso que traía era rapidito, rapidito.

“Ay Dios, esto sí es mucha presión…” pienso yo, e inmediatamente le digo: “ah, muchas gracias pero usté vaya a su ritmo que viene muy sólido y no vaya a ser que yo lo atrase. Sino, usté me espera en la meta.” Me di cuenta que más bien era como un ruego de mi parte.

Amistad entrañable entre don Roberto y yo por 12 kilómetros más.

¿Para qué les voy a mentir? Don Roberto me venía jalando. Con su bolsito hecho de pelón (o guata diría Mami) que dan los organizadores de la carrera, cruzado de medio lado. Aquel bolso más incómodo no podía ser, le sonaba como un chilindrín con todos los chunches que traía adentro, mejor dicho, era su lonchera. Pero eso nunca aminoró el paso rápido y seguro del señor. Vestido muy sencillo, sin gadgets…Y uno que corre con la última tecnología…a veces quisiera volver un poco a los basics. Como cuando andaba en mountain bike donde lo único que me preocupaba era que el reloj me sonara cada 15 minutos para hidratarme. Estoy tratando. Por ejemplo, sin querer, la semana pasada se me perdió en la montaña la faja del Polar. Way to go girl!

“Nosotros venimos de Paipa que está a 620 metros sobre el nivel del mar (puede que el dato esté nublado por la memoria) y esta altura nos pega muy duro” dice una señora con la respiración entrecortada. Ella venía en un grupo según ellos de avanzada edad pero todos en efecto, mucho mayores que yo. “Yo soy de Costa Rica” contesto muy amistosamente a ver si podíamos formar parte de ese grupo pero negativo el “perativo” -decía Constantina-, había que seguir.

Esta carrera resulta que es de las seis mejores medias maratones del mundo. Corrimos casi 45,000 personas. Un mar de camisetas amarillas de los organizadores y uno que otro rebelde como yo que decide ir de rosado fosforescente porque aquí a nadie le corro con manga corta. ¡Ni a palos!

Voy trabada pero no en las piernas. Voy trabada en la respiración. Y con un hambre voraz. Me cuesta llegar hasta el final de la respiración. ¿Será que nunca me voy a acostumbrar a esta cabrona altura?

Cuesta arriba, todo me parece que es cuesta arriba. Dos cuestas larguitas en unos puentes elevados. El keniano que ganó dijo que ese puente elevado en el kilómetro 17 estuvo muy duro. Ya sabía que no solo yo había sentido eso. El keniano y yo estábamos conectados.

Sí, es tan famosa la carrera que vienen kenianos, incluída mi amiga Rita Jeptoo.“¡Yo te alcanzo, Rita!” le grité a la salida. Mentira. Ustedes y yo sabemos que no soy tan rápida. No soy rápida, punto. Tampoco vi a Rita ni es mi amiga.

Recorriendo la ciudad. Muchas calles por donde corro o por donde paso habitualmente. Ese día se veían muy diferentes. El ladrillo por todo lado, tan típico de Bogotá y tan lindo que se ve. Uno que otro creativo ha decidido usar otros tipos de piedra y son los responsables de esa disonancia en el paisaje rojo.

El público muy amable. Cada vez que nos gritaban algo yo aplaudía con los brazos en alto, les gritaba “¡graciaaaaas!”, “¡esoooooo!”, “¡bravoooooo!” o “¡lindooooo!”….claramente ya todos sabemos que eso es para mi ánimo y para poder hacer de tripas chorizo.

Tripas. En unos kilómetros vendrían a convertirse en protagonistas de otra novatada.

Pasamos por un parque donde la gente se sienta en los días de ciclovía a comer la fruta que venden en los puestitos. “¿Será muy feo pedirle un tuquito de sandía?” me pregunto. No, no estoy vacilando, lo pensé y lo necesitaba.

“Ahhhhhh, a ver Anastleta (apodo célebre de unos amigos al recibirme de mi primera maratón con bandera costarricense y el apodo impreso. Misma bandera que se convirtió en agüizote de mi Gloriosa Sele y viajó conmigo hasta Brasil…pero eso mi querido Adam, es otra historia…), ponga esa cabeza a trabajar bien” pienso donde veo un rótulo de Polar o Garmin que dice “los últimos metros se corren con el alma” o algo parecido. “Pero me faltan kilooooometros…no importa los correré con el alma” me dije por muchos, muchos, muchos metros más.

Aquí mientras escribo con la lágrima en el ojo de la emoción es donde me doy cuenta que es una de mis grandes pasiones.

Si estoy feliz, corro. Si estoy triste, corro. Si hay sol, corro. Si llueve, corro. Esto es definitivamente alimento para el alma.

Kilómetro 15. Oigo a don Roberto esculcando su bolsito cruzado. Aquel bolso le llegaba más abajo de la cadera. Yo esperando que me confirmara que era su lonchera. Me hago la distraída pero de reojo veo que saca unos dulcecitos. “Ay por amor a Dios, que me ofrezca algo” le digo a mi alma.

Se me hace eteeeerno ese momento, tanto así que creo que no me va a convidar. Algunos improperios mentales para don Roberto. No es a propósito, el hambre no me deja pensar claramente. Perdón. Me ofrece bocadillo, lo que para nosotros es una Tricopilia. Le doy las gracias eternas y espero el próximo puesto de agua para bajarme ese tuco de guayaba tiesa y no morir ahogada.

Novatada número cuatro. Me como algo que voy a probar por primera vez durante una carrera. ¿Es en serio lo que estoy a punto de hacer?

Sí, muchas gracias.

Al rato me dice don Roberto que necesita ir al baño y se detiene en uno de los portátiles de la acera. Le digo que lo espero pero hay dos personas en la fila, recapacito rápidamente…¿pero qué me iba a quedar haciendo ahí? ¿Jumping jacks?

“No, fresca. Yo ahora la alcanzo” me dice mi mejor amigo.

Ese fue el momento perfecto para bajar el ritmo. Cómo no. Siento la gloria.

Años después me alcanza don Roberto. ¡Es que le pone! Me dice que yo venía muy rápido -lo cual no es cierto pero después de hacer fila en el baño, aquello de fijo se le hizo eterno.

“Juepucha, ese bocadillo me cayó como una patada a la tripa” es lo que pienso una vez que pasa el efecto del azúcar y la energía vuelve a su nivel casi normal.

Santísima Virgen ¿qué era aquel dolor de estómago?! Se me viene a la cabeza la salsa del día anterior que tenía guayaba y más me dolía el estómago. “Ouchi, ouchi” –decía Domenica de chiquitita.

Los siguientes 5 kilómetros fueron dolorosos. Era tal la incomodidad que lo único que quería hacer era gatear. Iba jorobada, muy jorobada por lo tanto empiezo a respirar mal y empiezan los cólicos. Ay mamita, empiece a hacer control mental.

Oigo donde Galli me dice “ tía Nana, deje de tomar tanta agua” y le hago caso.

Me imagino que Rey va a estar en la meta esperándome y eso me anima.

Posiblemente don Roberto me siente más lenta y me dice: “vamos, sólo faltan 4 kilómetros. Usté ya me demostró de qué está hecha. Usté es una campeona, ya esto lo tiene ganado”. ¿Qué tan “cosi” este señor? –diría Galia. Un aplauso para él, por favor.

Sólo le hice el signo de peace and love y un thumbs up. Eso fue todo. No daba más.

Ni siquiera le pude hablar. ¿Se dan cuenta de la casi gravedad del caso? ¿Yo, sin hablar? ¿Sin socializar en una carrera?

No pude decirle que no seguía más con él. Bajé el ritmo. Lo veo donde empieza a buscarme pero se va alejando rápidamente y yo me voy quedando atrás. Lo dejo ir.

Tenía dos opciones: llegar en menos tiempo hecha leña o bajar el ritmo y tratar de llegar casi entera.

Second choice it is.

Pensé mucho en poder encontrármelo cuando llegara para agradecerle semejante compañerismo. Pero entre 45,000 personas…misión imposible.

Quinta novatada y la final. En una curva se me acerca un señor que de fijo necesitaba ánimo y me empieza a hablar, a decirme que voy a buen ritmo y a preguntarme si hice la carrera no sé cuál…

“Por amor a Dios que alguien calle a este señor” fue mi súplica mental. Le contesté lo mínimo y lo dejé ir. Me dolió pero era necesario.

Esta novatada la vengo cometiendo no en contra de mi persona sino como un atentado a los demás atletas que no quieren hablar por muchas razones, entre ellas porque no quieren o porque se sienten mal.

Prometo no volver a hablar tanto en las carreras. Por primera vez entendí lo que es no poder hablar por sentirse mal.

Me acordé de Rey en su Iron Man cuando le dió la pálida y lo entendí.

Ya faltaba menos. Un paso a la vez.

Control mental. Cabeza en positivo.

Visualizando meta.

De pronto se nos empieza a unir otro mar de gente. Eran los de los 10 k que se juntaban con nosotros. Ver eso me dió ánimo no solo por lo lindo que se veía sino porque sabía que la meta estaba cerca.

Menos de 1 kilómetro pero me dolía tanto el estómago que dudaba de si iba a llegar corriendo.

En eso oigo donde Rey me grita y levanta la mano. ¡Qué felicidad! Qué dicha que es tan alto para verlo fácilmente entre la multitud.

¿Adivinen? Correcto, se me llenan los ojos de lágrimas. A punto del ahogo. La nublazón de lente de contacto se convierte en llanto porque por primera vez creí que no iba a terminar una carrera. Trato de respirar profundo para no ahogarme.

Rey me abraza, trato de agacharme para ir directo al piso de cuatro patas y según yo poder respirar mejor, Rey no me deja y me dice que no pare de caminar. Inmediatamente me dice: “Anas, esto estuvo muy duro. Muy duro”.

Caminamos por unos 4 minutos pero es tanta la gente que no logramos llegar donde están las medallas y la bebida hidratante. Me puedo quedar sin tomar algo pero sin la medalla no me voy. Se me va lentamente el dolor y ya me siento diferente.

¿Quién me estaba esperando en la meta?!!!!! Mi amigo don Roberto.

Lo abracé, le dí las gracias, le presenté a Rey, intercambiamos algunas impresiones como amigos kenianos que se encontraban después del triunfo y partimos.

Estas son las cosas que valen la pena. Las cosas que quedan en el alma y en el corazón.

Una vez más. Safe and Sound. Rey y yo juntos en la meta. Gracias a Dios por eso.

Para algunos correr es una tortura para mí es difrutar la vida con novatadas incluídas. Se los dije, disfrutar puede ser una palabra relativa.

Gracias a mis padres por un cuerpo noble y agradecido. Según Rey y Galli no le pongo lo suficiente y por eso nunca me duele nada.

Al día siguiente en el masaje, Rey disimuladamente interroga a nuestro distinguido señor masajista porque no puede creer que estoy fresquita como la lechuga….“parece que no hubiera corrido”, contesta don Ricardo riéndose.

Ah pero aquí no me voy de novata…a este cuerpecito lo chineo mucho.

Cambio y fuera.