Las semillitas del corazón

Vivíamos en Puerto Rico, en un piso 26. Siempre teníamos las ventanas abiertas porque la brisa era deliciosa. Esa tarde estaba llorando, no encontraba consuelo. 
Tal vez era la mañana, no recuerdo bien. Hacía un sol delicioso, como casi siempre. Mi cuarto estaba lleno de luz. Hacía viento. Estaba sentada en la cama llorando y pensaba cuándo iba a dejar de sentirme así, cuándo iba a pasar esa sensación de vacío. De pronto entró volando algo y me cayó al lado. Era como una mariposita transparente que volaba rápido. En círculos, como un helicóptero que pierde el control. La cogí con cuidado y me la puse en la palma de la mano para revisarla. Tenía dos alitas blancas casi transparentes, una a cada lado, en el medio tenía una forma de corazón de un material más duro que las alitas, color beige. No las había visto antes pero sentí paz y una sensación de felicidad. Por alguna extraña razón sentí que Jor me acompañaba. Fue tal el sentimiento que decidí guardar como un tesoro la semillita con alas y corazón en un joyerito en mi mesa de noche. 

Meses después estaba en Costa Rica con Mami en su casa. Decidimos armarnos de valor y revisar las poquitas pertenencias que habían quedado de mi hermano. Mi hermana y primas regalamos todo en la misma semana de su partida. No queríamos que mis papás se encargaran de esa infame tarea así es que todo quedó reducido a unos álbumes de fotos y unas poquitas cajas de zapatos con todo lo que pudiera tener un valor sentimental para ellos. En una de las cajas estaba la billetera que andaba el día del accidente.  Cuando despegué el velcro para abrirla casi me da algo. En una de las partes transparentes para fotos tenía una semillita con forma de corazón y alitas transparentes. Empecé a llorar y Mami se me quedaba viendo sin entender absolutamente nada a la vez que me preguntaba asustada qué era lo que estaba pasando. Entre sollozos y tratando de explicarle mientras recuperaba el aire, decidí llamar a la novia de mi hermano. Me dijo que le encantaban esas semillitas de un árbol que no sabemos cómo se llama y que siempre andaba una en la billetera. De ese árbol hay otras especies que tienen las mismas semillitas, lo que varía es el tamaño del corazón. 

Ya son casi 16 años de ver esas semillitas del corazón.  Han volado dentro de mi carro, a mi cuarto, me han caído por decenas como una nevada mágica directo del árbol y han volado hasta un piso 26…. Siempre me alegran. Al igual que él, siempre ando una en mi billetera. 

Ayer fue un día que quisiera brincarme en el calendario. Fue el día que Jor decidió en un accidente emprender su viaje a la Eternidad. A las dos de la tarde.

Ayer me fui a correr. Casi dos años sin correr. Lo necesitaba. Estaba ansiosa y un poquito triste.  Ya iban a ser las dos. Pero sé que la corrida alegra. La corrida inspira. La corrida sana. Y cuando iba corriendo feliz, me cayó volando en círculos una semillita. Una semillita del corazón. 

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Nada extraordinario 

Días de no escribir. Nadie dijo que iba a ser fácil. Dice Stephen King que la única manera de mejorar es escribir y escribir. Y escribir. Todos los días. Mínimo varias horas. Eso no me está pasando. No me tiene que pasar, yo tengo que hacer que pase. Hay días que no estoy inspirada. No me nace nada. No me pasa nada extraordinario.Estoy en el avión. Voy en el 19D. Pasillo. A mi lado derecho viene una pareja. Él cuando entró sonrió, le sonreí de vuelta. Ella más tímida no me volvió a ver. Igual le sonreí. Me suele suceder. Trato de no juzgar.   Los oigo comentando. Parecen felices. Hablan sobre la almohada que traen. Ella le dice que se la puede dejar, que en este vuelo no se quiere dormir. Asumo que después tienen un vuelo largo y que hacen conexión en Bogotá. Llaman a la suegra de ella y se despiden cariñosos. Cuando despegamos él toma video de la pista y se toman fotos juntos. Yo veo de reojo y mentalmente hago los ojos para arriba, lo admito. Puedo ser detestable. 

Al rato viene la sobrecargo (ya no se les dice azafatas) y los felicita. Parece que ya habían hablado antes. Les dice que son dichosos. Que hay otra pareja en las mismas que va para Londres. Ya entiendo todo. Se ganaron un viaje a Madrid y van para allá. Van felices y agradecidos: “fue una gran sorpresa” es lo que ella le dice con una sonrisota. Yo me hago la que no estoy oyendo y hago que reviso mi Facebook pero no pongo atención a nada. 

Les traen una copita de champaña y unas semillas a cada uno. Por supuesto es a los únicos que les traen la cortesía. Ella acomoda la copa y la pone más cerca de las semillas. Le toma foto. Varias hasta que quede como a ella le gusta. Seguro más tarde la pone en el ‘Feis’ o se la manda a la familia o a las amigas. O se la guarda para ella.

Me puse mis audífonos y pongo mi playlist preferido. Me hace feliz mi música. Ella me acaba de interrumpir muy amable y sonriente para decirme que la sobrecargo me está ofreciendo comida. Me quito los audífonos y le doy las gracias. Ambos me vuelven a ver y me sonríen con gran felicidad. Gente realmente amable. Se les desborda por todo lado. Hasta parecen estar felices con este olor a pollo que me va matando. Puede ser carne también. No estoy segura. Es una proteína con mal olor.

Y yo pensando en que no me pasa nada extraordinario…  Esta pareja va feliz. Disfrutando cada minuto y detalle. Leyendo las revistas del avión, disfrutando su cena, viendo alguna serie en la pantalla, hablando de lo que les espera, se agarran de las manos… Y yo soy la afortunada que estoy aquí al lado de ellos para presenciar lo que pareciera ordinario. Estoy inspirada y feliz. 

Pienso que hubiera preferido el viaje a Londres. Sí, puedo ser detestable.