La maleta

Esa vez viajé sola y el peso de lo que llevaba en la mano estaba muy por encima del equipaje permitido. Cuando viajo con el marido es más fácil pero cuando voy sola me encuentro con algunas restricciones que me van poniendo ansiosita.
Llevaba la maleta de mano, un bolso cruzado que pesaba como la maleta de mano y un backpack con la computadora que pesaba lo mismo o más que los dos anteriores. Ya esa computadora está obsoleta y pesa como un yunque. Nada de lo anterior se podía mandar por equipaje. Dios guardísimo. Además me lo hubieran cobrado y por política personal me rehuso a pagar un cinco en equipaje extra. Hacía frío afuera del aeropuerto por lo que venía bien abrigada pero cuando entré la temperatura estaba bastante agradable. Ya todo estaba calculado, el abrigo fashion que se usa cerrado lo dejaría abierto y me serviría como una capa para camuflar el backpack que me iba a poner entre mis dos layers de ropa y el abrigo. Si me hubieran visto de perfil hubieran creído que tenía algún problema severo de espalda con aquella joroba. Mientras hice la fila muy de frente al counter mantuve una cara de persona relajada que no tiene peso alguno en la vida. No tensé ningún músculo y la postura fue la de alguien a quien no se le estaban dislocando el hombro y lesionando algunas vértebras de la columna mientras se arrecostaba sobre un lado del cuerpo.

No contaba con un ambiente taaaaan agradable dentro del aeropuerto.  Empecé a sudar pero eso es algo que con los años he aprendido a controlar casi por completo. Solamente ignore la reacción física y ésta desaparecerá -es la instrucción. 

Pasé al counter y me dió por la habladera, con mi simpatía logré superar el primer obstáculo. Simpatía tiene que ser, no hay de otra. Aplíquelo para todo en la vida. He comprobado que cuando es al contrario, es como un imán que atrae a la pesa de maletas o para ser realistas, cualquier mal rato en la vida. En dos ocasiones en que no hicimos química y no le caí bien a las señoritas del counter me invitaron a buscar a alguien que me llevara el exceso de kilos que marcaba la báscula y entregárselos a otra persona que llevara menos peso. No entiendo todavía qué hace uno si no se encuentra con algún conocido a quien no le dé pena pedirle semejante y comprometedor favor en caso de no querer pagar. ¿Botar a la basura el exceso de cositas lindas? Como me considero una persona dichosa hasta en estos asuntos, en esas dos ocasiones iban unas conocidas en la misma aerolínea y me ayudaron a cargar aquellas bolsas. Plástica blanca en una ocasión (no sé de dónde salió. Sin agarraderas y sin pertenecer a ninguna tienda, estilo bolsa Kanguro pero sin marca, a punto de reventarse) y en el otro caso una bolsa negra de tela de una cartera que llevaba para las salidas elegantes. Metí todo revuelto como en una piñata y después de migración estas amables personas me hicieron entrega de mis pertenencias para acomodarlas nuevamente. Es toda una farsa la que monto. Algo para pasar el control. 

El segundo obstáculo es el muy temido mensaje en vivo antes de abordar el avión: “No contamos con suficiente espacio a bordo por lo tanto las personas que viajen con más de un equipaje de mano deberán chequearlo…”. 

Aquí funciona aplicar el don de la invisibilidad. Igual, se suda. 

 Me gusta viajar. Me encanta andar cómoda, comprarme cositas lindas y diferentes para mí y para la casa. Eso lo saqué de Mami. Siempre traía de sus viajes las cositas más lindas y diferentes. La casa tiene recuerdos de cada viaje. No entendía muy bien porqué Mami compraba algo complicado de empacar o que se podía quebrar. Aquel papiro -asumo que lo trajo enrollado en un tubo, adornos de metal o de porcelana, un pichel de un anticuario…. Cada esquinita de la casa de Mami tiene algo que es una piecita de conversación. Casi detrás de todo hay una historia. Ya todo está claro. Soy igualita a mi madre. También soy la persona más complicada para empacar -antes y después. Para nada soy una viajera light. Con Rey he aprendido a viajar un poquitititito más liviana pero no del todo. Lo del poquitititito se debe a que no le gusta chequear maletas pero ya hemos llegado a un feliz término intermedio: sólo una maleta se envía por equipaje. Más las 7 que llevo de mano. Hay gente a la que le da paz no llevar casi nada, a mí me da paz llevar casi todo el closet. Me causa felicidad saber que todos los días me puedo poner ropa limpia, que tengo de donde escoger y hacer diferentes combinaciones, que no paso ni frío ni calor y que la foto del recuerdo no queda como un retrato. Literal.  Necesito llevar una mudada diaria, una para la salida elegante, diferentes zapatos y estar preparada para casi cualquier clima. Voy para la playa pero vea a ver que se venga una ola de frío, si voy para el frío vea a ver que se venga una ola de calor. Ya me ha pasado.

No me gusta eso de andar en tennis de correr. Ahora que no estoy corriendo, menos que los llevo de viaje. Pero sí unos tennis cómodos. Y cool. Mejor aún si pasan por el filtro de mis sobrinas y son piropeados por ellas.

Necesito llevar conmigo diferentes aretes, collares, anillos, gargantillas, bufandas, pañuelos, tiras para el pelo… En fin, todos los accesorios necesarios para realzar la belleza griega. Me gusta estar cambiando y verme diferente todos los días. Aunque sea en el bosque. Aunque no haya nadie. 

Últimamente me he puesto como tarea alistar en tiempo récord y pongo el timer del celular para cumplir con la meta. Incluso ha dejado de ser aburrida la empacada. Pongo musiquita, me hago un té y arranca la contrarreloj. Poco a poco he bajado los tiempos. El problema es que cuando voy a buscar algo al clóset, me encuentro que hay algo desordenado o que necesita limpiarse y mi leve déficit atencional me juega una mala pasada. Pero entonces lo tomo como un extra bonus y lo rebajo del tiempo final. Una simple ecuación matemática lo arregla todo.

 Para muestra de la complicación, un botón. En este viaje traigo tres piezas de equipaje para ser estrictos con los términos utilizados por la aerolínea. No así con la cantidad.

Mi maleta mágica de mano, mi bolso cruzado y un bolso de manta con dos canastas de metal. Sí, dos canastas. De frutas o verduras, o lo que sea. Las compré pensando en la cocina. Ya les tengo un lugar. Yo diría que en una caben unas 10 naranjas y en la otra una sandía y una papaya. También pueden ser semillas secas, me dijo la señorita en la tienda pero ahí aumentaría considerablemente la cantidad de éstas. Ese es el tamaño aproximado. Haga cálculos. Dentro de los artículos que suelo traer y que requieren de un empaque especial pero que he llegado a casi perfeccionar están los tés (en lata y en bolsa), sales de cocina en frascos de vidrio (dos de cada una, para mí y para mi hermana), vasos de vidrio para sangría, piezas de metal para colgar los abrigos, aisladores de cocina en forma de lechuza que pesan como una valija de mano, perillas de puertas, mantelitos y pañuelos bordados (dos de cada uno, para mí y para Mami), azúcar en cristales en caja de cartón, mermeladas en frascos de vidrio y por supuesto libros.

 Junto con las canastas de malla de metal, traigo en la maleta de mano mis accesorios de varios días, 9 libros de los cuales dos son para un coffee table –nunca son pequeños ni livianos, mucho papel de carta y post cards. Es mucho porque cuando los compré la dependiente de la tienda me dijo sin habérselo pedido (nunca lo pido, soy mala para eso) que me iba a hacer un descuento porque nunca había visto a alguien que comprara tantas tarjetas. Me preguntó si las coleccionaba y me quedé pensándolo porque me gustan tanto que cuando las doy casi me duele deshacerme de ellas. Le dije que no sólo las doy por el cumpleaños, las doy cuando alguien está triste, si alguien se enferma, para Navidad, para celebrar la llegada de un bebé, por un logro alcanzado, para cuando alguien “se va” o porque sí…. Me dijo que mis amigos deberían sentirse felices de que siempre les voy a dar una tarjeta. Bonita forma de verlo. Estoy reconsiderando no perder mi tradición.

Me encanta sentarme en mi estudio, abrir mis cajas forradas en tela y ver cada una de las tarjetas. Algunas son de enmarcar de lo geniales que son. Hay gente que cuando esté mayor va a tener varios gatos. Yo voy a tener muchas tarjetas.

La tarjeta de cuando alguien “se va” es triste de dar. Mami y yo no decimos “se murió”. No sé por qué. Posiblemente suena a algo final. Para siempre. Aunque así sea. Decimos que se fue. Me acuerdo que después de que se fue Jor, andábamos haciendo unas vueltas en el banco. Todo estaba muy reciente. A Mami le encanta enseñar la foto (una de las tantas) que anda en la billetera. Al principio lo hacía muy frecuentemente, ya no tanto. Siempre lo ha hecho contenta y orgullosa. Esa vez me hizo gracia porque cuando le enseñó la foto le dijo a la cajera que “se había ido”. La cajera después de que le dijo que qué guapo le preguntó para adónde se había ido. Y ahí empezó una tragicomedia. Una rutina digna de una buena escena de cine independiente. Mami no sabía decirle para adónde, sólo le señalaba el cielo con los ojos para arriba pero aparentemente no lo suficientemente alto porque la señorita seguía tratando de acertar en los posibles destinos. Yo tampoco podía decirle para adónde. Quería decirle que se había ido de la casa, de nuestras vidas, del planeta, que se había ido para siempre. Pero eso hubiera sonado más a tragedia que a comedia. 

 Siempre hay un riesgo en que lo preciado desaparezca. Como las dos maletas que nunca regresaron a mí. Una de mano que tiré por equipaje para poder hacer un favor y traerme el favor en la mano. Me tocó reponer las “Memorias de una geisha” prestado que iba en la maleta de mano. Fui lo contrario de simpática con la señorita del counter y sospecho que hubo mano criminal. La otra con los ajuares nuevos para fin de año en la playa, nunca apareció. Por eso siempre hago el disclaimer con los encargos, pedidos especiales y favores, de que no soy responsable de lo que lleve o traiga. Con cada viaje que hago todavía Gaby me vacila con que la maleta ya va a llegar y que esté atenta por si aparece en el carrusel. De esto ya hace tres años. La seguimos esperando.

Aquí voy en el avión con todos mis chunches más preciados en la maleta de mano. El sobrepeso va en cabina. La maleta grande esperemos que llegue a su destino final con éxito.  Todos esperando llegar a casa para buscarles un lugar especial y que se vuelvan una pequeña historia. 

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