Descomposición de una canción 

Advertencia: este relato contiene vocabulario o referencias incomprensibles para menores de 35 años.
Siempre me gustó sacar la letra de las canciones. Por “sacar” me refiero a hacer lo que hace uno hoy en día para buscar la letra de una canción cuando se la quiere aprender para cantar a galillo pegado en el carro: googlear el nombre de la canción acompañado de la palabra lyrics y en segundos se tiene la letra completa de lo que busca. A veces no hay necesidad de que el nombre sea el correcto, con sólo una palabra clave a veces es suficiente. Hasta detalla el coro. ¡Qué ilusión! Como hoy en día estamos expuestos a un exceso de información, con sólo un enter obtenemos la versión en audio, la de vídeo en YouTube, versión para guitarra acústica, versión para flauta dulce, versión salsa, versión karaoke, cualquier cover existente y lo que uno se pueda imaginar relacionado con la búsqueda de la canción.
En los 80’s no había tal exceso de información. Las cosas había que buscarlas, había que ganárselas, había que investigar y trabajar duro para obtener el resultado tan deseado. Ese duro trabajo era uno de mis pasatiempos preferidos: pasar horas sentada en una silla, en la sala de la casa frente al equipo de sonido de mis papás que estaba en un mueble de madera oscura torneada donde estaban los acetatos de toda la familia, los cassettes y algunos libros (sí, era la sección musical pero ahí estaban algunos libros). Por supuesto mis cassettes estaban guardados en mi cuarto bajo llave. Jamás expuestos al público. Era uno de mis mayores tesoros. Para mi gran sorpresa hace dos días Papi me mandó por Whatsapp la foto de una maleta café con costuras blancas, tipo ejecutivo y al pie de la foto me puso: “Acomodando me encontré esta valija tuya…con cassettes muy viejos….buen encuentro”. Definitivamente es como encontrarse un tesoro. Estoy deseando ir adonde Papi y Mami para abrir esa maleta.
Vale la pena rescatar las fuentes de donde provenía esta música. Repito, era fruto de un trabajo meticuloso. En su mayoría eran canciones grabadas de la radio. Había que esperar a que salieran las favoritas. A veces, en un acto de desesperación y con mucha paciencia me lanzaba a llamar a la emisora de radio. Pero qué pelada de nance salir en vivo al aire. Una o dos veces colgué el teléfono. Me encantaba cuando alguien pedía en Radio Uno: “Ruper, es para grabar…”. Entonces daban un chance mínimo o no mencionaban el nombre de la emisora después de iniciada la canción. Era como un regalo. Aquella grabación quedaba nítida. Libre de marca alguna.
Triste era cuando la tecla no bajaba a tiempo y la canción arrancaba sin esperarme. No podía comprar un cassette original del grupo o cantante, tampoco quería perder toooodo un cassette en un solo grupo cuando lo que quería era una, la que estaba de moda, el hit; además quería mi cassette variado. Entonces entre la radio y el intercambio de música con amigos, podía tener un buen producto.

Pasaba horas con mis cassettes, dándole a la tecla de rewind -he de admitirlo hasta con temor de dañar la tecla por exceso de uso- para poder descifrar lo que cantaban Boston, Fleetwood Mac, The Outfield, Journey, Bruce Springsteen, Madonna y todos los de mi época. Habían varios factores de cuidado:
a. El ruido tan desesperante que hacía el rewind y la tensión que agregaba a la delicada operación.

b. Lo que podía implicar para el resto de la familia estar poniendo uuuuuuna y oooooootra vez la misma línea porque no daba pie en bola con algún nombre o palabra. No me acuerdo de la existencia de audífonos. Todo hubiera sido más fluido. Había un micrófono pero eso es otra historia.

c. La posibilidad de reventar la cinta y hasta ahí llegaban las horas de labor.

d. El peor de todos: nunca saber lo que dijo el cantante. Muchos espacios en blanco. Esto podía ser catastrófico. Caos total. Derrota.

En este último a veces funcionaba dejar la canción en soledad por varios días. No oírla. No tararearla. Dejarla descansar. A la canción y a la mente. Todo un arte.

Tenía un folder color amarillo claro de cartulina que estaba a reventar por la cantidad de hojas de diferentes papeles, en su mayoría de papel periódico -no existía el reciclaje pero me gustaba porque era más absorbente- diferentes tintas y muchos tachones. Lo de los tachones no me hacía mucha gracia porque denotaba el error en el que había incurrido al no entender bien la letra pero era un intento. Una herida de guerra. Un “no me rindo”.
El título de la canción subrayado, arriba en el centro, iniciando la hoja, al lado derecho el nombre del grupo o cantante. Sin saberlo era mi archivo musical con tecnología de punta. Eso sí, había que buscar de una en una. No me acuerdo haber perfeccionado el sistema alfabéticamente, ni por años o por estilos de música. No importa, era mi sistema y funcionaba a las mil maravillas.

Lastimosamente antes de casarme tomé la mala decisión de botar la carpeta musical. Me acuerdo que no estaba segura de querer hacerlo pero no quería agregar peso a la mudanza. ¡Acharita! Con los años he aprendido a tomar mejores decisiones. Creo que ahora me haría mucha gracia hacer algunas comparaciones de letras entre las mías y lo que me dejaba interpretar el equipo de sonido y las reales. Cada vez que busco la letra de alguna canción, me vienen a la mente todos estos momentos.
También me viene a la cabeza la pena ajena que tuve cuando me dí cuenta que anduve cantando erróneamente por los pasillos del colegio en un volumen censurable una que dice “Come on, shake your body baby, do the conga….”.  No daba con esta línea por ahí del año ’88 y cuando le dije a una amiga de mi tormento me contestó con una seguridad y conocimiento envidiables: “ah, pero está súper claro, Gloria Estefan dice: anda chiquivale baby do the conga…”.

Veintiocho años después sigo buscando la definición de “chiquivale”.

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2 comentarios en “Descomposición de una canción 

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