Fantastic Super Great Nation Numero Uno

Ahí estaba yo de camino al escenario, perdida en la oscuridad, metiéndome entre las mesas del público y pensando cómo se me había ocurrido voluntarizarme. Lo más seguro era que me iban a ridiculizar pero ya era muy tarde para devolverme y decir que no. Uno de los comediantes me recibió dándome la mano para subir al escenario. La gente aplaudía. Creo que aplaudían la valentía de lo desconocido. Me agradeció y pidió otro aplauso, me preguntó el nombre y me dijo que en esta escena nos íbamos a sentar a comer un pollo frito. Hizo un chiste local sobre el pollo, fingí entenderlo y me reí con el público. Mientras la escena seguía con otros dos actores, nos sentamos en nuestro “restaurant”, me dijo en voz baja que íbamos a fingir que comíamos y me dió las gracias muy amablemente. Me inspiró confianza y tranquilidad con su amabilidad a lo largo de los minutos que estuve en el escenario. Comíamos en el aire un pollo imaginario y nos reíamos. Yo me reía con el actor. Ahora pienso que nos veíamos muy natural hablando pero me estaba dando las instrucciones de lo que íbamos a hacer.

Hay varias razones por las que me voluntaricé a subirme al escenario de The Second City, nada más y nada menos que la meca de la comedia en Chicago. De aquí salieron los Belushi, Steve Carell, Tina Fey, Bill Murray, Mike Myers, Martin Short, Joan Rivers…solo para mencionar algunos. Y yo.
La primera razón es porque amo la comedia y mi sueño no es ser Miss Universo, ni estar en la lista de ejecutivas de Forbes, ni la vida eterna; es hacer reír. Detrás de esto hay todo un tema psicológico pero ahora no voy a entrar en detalles. La segunda es porque casi todo lo que me de miedo o mariposas en el estómago lo tengo que enfrentar. ¡Qué cosa con eso! La tercera es porque no pensé.
Cuando el actor gringo-mexicano preguntó si alguien en el público hablaba español, mi amiga y yo levantamos la mano y hasta sentí que la lámpara encima nuestro intensificaba su luz, como si fuera un efecto especial. Después me di cuenta que todas las lámparas del teatro se encendían gradualmente. Cuando preguntó si alguna quería pasar al escenario pensé en micro segundos que debía ir aunque fuera para la foto. Nos habían sentado de últimas y comentamos que era lo mejor para evitar alguna participación. Le iba a dar mi celular para que me tomara una foto a la distancia pero me dijo que lo hacía con el de ella. Con todos esos pensamientos en mi cabeza bajé las escaleras rumbo al estrellato y hacer mi incursión en el escenario internacional.

Mi compañero de escena me explicó rápidamente que los otros dos actores eran funcionarios de impuestos del gobierno, que él no sabía inglés y yo debía traducirle. Seguíamos comiendo pollo con cuchillo y tenedor –como Trump- imaginarios. Aunque fuera imaginario no me bajaba el pollo de la nervia. Pero seguía masticando.
Los otros dos actores hablaban y hacían su parte mientras la gente se reía. Uno de los actores hace la primera pregunta en una frase larguísima y trato de resumir todo mentalmente con palabras claves. Yo me reía pero de los nervios. Solo podía ver a la gente de la primera fila. Las luces eran muy fuertes y me encandilaban. El actor termina de hacer la eterna pregunta y decido improvisar y hacer mi propio chiste. Sí, así porque así. Fue algo espontáneo. Me sentía como con unos amigos. Me sentía como toda una profesional. Le pido repetir la pregunta. El publico se ríe, él me abre los ojos a todo lo que le da la órbita -se ve que no está actuando; mi compañero de pollo se atraganta, yo me río e inmediatamente traduzco la línea que me correspondía después de mi súper improvisación. Mi colega (ya estamos hablando de una relación profesional) me dice en voz baja mientras la escena sigue, que lo estoy haciendo muy bien, me pregunta de dónde vengo y me hace un resumen de lo que viene. Estaba un poco nervioso. Debe manejar una escena ensayada pero también me tiene que manejar a mí. Cualquier cosa puede salir mal. Puedo echarles a perder esa parte del show. Me preparo poniendo atención y hago mi segunda intervención. Es como una escena al mejor estilo de Cantinflas en donde todo se malinterpreta debido al idioma. El público se ríe. Yo me río. Las manos las tengo congeladas. La garganta la tengo seca, parece que dejo de producir saliva. La voz se me quiebra. Estoy china de reírme. Las voces de los actores las oigo a lo lejos y no entiendo nada. Me siento como en otra dimensión.
Me amigo-colega me da ánimo y me dice que viene lo más fácil, que ahora vamos a hacer un baile y que lo siga. Cada uno tiene su idea de lo que es fácil en la vida. Me dan ganas de salir corriendo. Yo no bailo. Menos en público, en un escenario, en ESE escenario. Y señoras y señores… el Dj pone Thriller de Michael Jackson y lo debo seguir como un zombie porque está relacionado con lo que él cree haber entendido de la escena lo cual hace el baile gracioso. Eso y mi cualidad para asesinar el ritmo hacen todo más gracioso. Nos movemos hacia el lado izquierdo del escenario. Se me hace eterno pero son como 3 ó 4 pasos. Ahora para el derecho, 4 pasos más y hacemos una salida triunfal al ritmo de la música y los aplausos del público.
Me ayuda a bajar. Nos despedimos con un abrazo. La gente aplaude. Me voy caminando rápido a mi puesto con una gran euforia . Sigue sonando Thriller. Es un ‘high’ indescriptible.

Llego a mi puesto. La gente alrededor me felicita como si acabara de recibir un premio Nobel, un grupo de jovencitos me levantan los dedos pulgares en señal de aprobación. La gente está feliz. Quiero llorar de la felicidad. Mi amiga mientras me felicita me dice que se le murió el teléfono. Yo le agradezco a mi público alrededor. Le pregunto a mi amiga si lo que me acaba de decir es cierto. La vecina está orgullosa de mí y me lo dice. Llamo a mi marido para contarle. Le pido a mi amiga que me abrace y lloro porque estoy muy, muy emocionada.
No hay registro alguno de ese momento. No hay foto, no hay video. Ese famoso show en Chicago, “Fantastic Super Great Nation Numero Uno” en The Second City del domingo 30 de abril del 2017 en donde fuí parte de un show e hice reír a un teatro completo por mi chiste improvisado de 3 segundos, me lo guardo en el corazón.

Las semillitas del corazón

Vivíamos en Puerto Rico, en un piso 26. Siempre teníamos las ventanas abiertas porque la brisa era deliciosa. Esa tarde estaba llorando, no encontraba consuelo. 
Tal vez era la mañana, no recuerdo bien. Hacía un sol delicioso, como casi siempre. Mi cuarto estaba lleno de luz. Hacía viento. Estaba sentada en la cama llorando y pensaba cuándo iba a dejar de sentirme así, cuándo iba a pasar esa sensación de vacío. De pronto entró volando algo y me cayó al lado. Era como una mariposita transparente que volaba rápido. En círculos, como un helicóptero que pierde el control. La cogí con cuidado y me la puse en la palma de la mano para revisarla. Tenía dos alitas blancas casi transparentes, una a cada lado, en el medio tenía una forma de corazón de un material más duro que las alitas, color beige. No las había visto antes pero sentí paz y una sensación de felicidad. Por alguna extraña razón sentí que Jor me acompañaba. Fue tal el sentimiento que decidí guardar como un tesoro la semillita con alas y corazón en un joyerito en mi mesa de noche. 

Meses después estaba en Costa Rica con Mami en su casa. Decidimos armarnos de valor y revisar las poquitas pertenencias que habían quedado de mi hermano. Mi hermana y primas regalamos todo en la misma semana de su partida. No queríamos que mis papás se encargaran de esa infame tarea así es que todo quedó reducido a unos álbumes de fotos y unas poquitas cajas de zapatos con todo lo que pudiera tener un valor sentimental para ellos. En una de las cajas estaba la billetera que andaba el día del accidente.  Cuando despegué el velcro para abrirla casi me da algo. En una de las partes transparentes para fotos tenía una semillita con forma de corazón y alitas transparentes. Empecé a llorar y Mami se me quedaba viendo sin entender absolutamente nada a la vez que me preguntaba asustada qué era lo que estaba pasando. Entre sollozos y tratando de explicarle mientras recuperaba el aire, decidí llamar a la novia de mi hermano. Me dijo que le encantaban esas semillitas de un árbol que no sabemos cómo se llama y que siempre andaba una en la billetera. De ese árbol hay otras especies que tienen las mismas semillitas, lo que varía es el tamaño del corazón. 

Ya son casi 16 años de ver esas semillitas del corazón.  Han volado dentro de mi carro, a mi cuarto, me han caído por decenas como una nevada mágica directo del árbol y han volado hasta un piso 26…. Siempre me alegran. Al igual que él, siempre ando una en mi billetera. 

Ayer fue un día que quisiera brincarme en el calendario. Fue el día que Jor decidió en un accidente emprender su viaje a la Eternidad. A las dos de la tarde.

Ayer me fui a correr. Casi dos años sin correr. Lo necesitaba. Estaba ansiosa y un poquito triste.  Ya iban a ser las dos. Pero sé que la corrida alegra. La corrida inspira. La corrida sana. Y cuando iba corriendo feliz, me cayó volando en círculos una semillita. Una semillita del corazón. 

Nada extraordinario 

Días de no escribir. Nadie dijo que iba a ser fácil. Dice Stephen King que la única manera de mejorar es escribir y escribir. Y escribir. Todos los días. Mínimo varias horas. Eso no me está pasando. No me tiene que pasar, yo tengo que hacer que pase. Hay días que no estoy inspirada. No me nace nada. No me pasa nada extraordinario.Estoy en el avión. Voy en el 19D. Pasillo. A mi lado derecho viene una pareja. Él cuando entró sonrió, le sonreí de vuelta. Ella más tímida no me volvió a ver. Igual le sonreí. Me suele suceder. Trato de no juzgar.   Los oigo comentando. Parecen felices. Hablan sobre la almohada que traen. Ella le dice que se la puede dejar, que en este vuelo no se quiere dormir. Asumo que después tienen un vuelo largo y que hacen conexión en Bogotá. Llaman a la suegra de ella y se despiden cariñosos. Cuando despegamos él toma video de la pista y se toman fotos juntos. Yo veo de reojo y mentalmente hago los ojos para arriba, lo admito. Puedo ser detestable. 

Al rato viene la sobrecargo (ya no se les dice azafatas) y los felicita. Parece que ya habían hablado antes. Les dice que son dichosos. Que hay otra pareja en las mismas que va para Londres. Ya entiendo todo. Se ganaron un viaje a Madrid y van para allá. Van felices y agradecidos: “fue una gran sorpresa” es lo que ella le dice con una sonrisota. Yo me hago la que no estoy oyendo y hago que reviso mi Facebook pero no pongo atención a nada. 

Les traen una copita de champaña y unas semillas a cada uno. Por supuesto es a los únicos que les traen la cortesía. Ella acomoda la copa y la pone más cerca de las semillas. Le toma foto. Varias hasta que quede como a ella le gusta. Seguro más tarde la pone en el ‘Feis’ o se la manda a la familia o a las amigas. O se la guarda para ella.

Me puse mis audífonos y pongo mi playlist preferido. Me hace feliz mi música. Ella me acaba de interrumpir muy amable y sonriente para decirme que la sobrecargo me está ofreciendo comida. Me quito los audífonos y le doy las gracias. Ambos me vuelven a ver y me sonríen con gran felicidad. Gente realmente amable. Se les desborda por todo lado. Hasta parecen estar felices con este olor a pollo que me va matando. Puede ser carne también. No estoy segura. Es una proteína con mal olor.

Y yo pensando en que no me pasa nada extraordinario…  Esta pareja va feliz. Disfrutando cada minuto y detalle. Leyendo las revistas del avión, disfrutando su cena, viendo alguna serie en la pantalla, hablando de lo que les espera, se agarran de las manos… Y yo soy la afortunada que estoy aquí al lado de ellos para presenciar lo que pareciera ordinario. Estoy inspirada y feliz. 

Pienso que hubiera preferido el viaje a Londres. Sí, puedo ser detestable. 

Save Me

Creo que todos tuvimos una época en que los hermanos menores nos daban pereza.Yo no logro acordarme de que esto me pasara muy a menudo pero sé que tuve mis momentos. Algunas cosas me daban pena ajena porque yo ya era muy cool para estar en esas. Otras veces me incomodaban porque yo me creía muy grande y con una madurez que ni a los 46 presento.

Creo que mis sobrinas heredaron mi sentido del humor. Me gusta pensar que todo lo bueno lo heredaron de mi.
Galia la menor de las tres, cumplió años el viernes pasado y mi hermana la fue a recoger a la escuela con las amiguitas invitadas a la fiesta. También recogió a Constantina, la sobrina del medio. ​

Adjunto el vídeo que me envió Constantina.Claramente ilustra mis puntos anteriores.  El título está claro. 

Los Globos de anoche

Mis impresiones de lo memorable en los Golden Globes:

1. Creí que Jimmy Fallon era gracioso… y que sabía improvisar. Que se quede quietecito con su programa. Que me haga creer de nuevo porque por el momento estoy un poco decepcionada de su labor como host

2. El año entrante que le den el puesto a Kristen Wiig y a Steve Carrel. Hicieron el único buen chiste de la noche. 

3. Que alguien le diga a Naomi Campbell que puede envejecer, que tiene permiso, que es natural. ¡Qué bárbara! Que esa misma persona le diga con cariño a Goldie Hawn que deje de tratar de no envejecer. Que Kurt Vogel Russell le quite el permiso. No es natural. ¡Qué bárbara! 

4. El ultra high definition de mi tele no tiene piedad con nadie. No lo recomiendo. No compren esos teles, le quitan el velo de la fantasía a la realidad…y al cutis. 

5. Este año voy a trabajar en forjar una amistad con Justin Timberlake y Jessica Biel. Coolest couple evahr.

6. Este evento parece ser más entretenido que los Oscars. Los invitados hablan, comen y toman. Mi tipo de evento.

7. Meryl Streep es la mejor actriz. Acertado homenaje.

8. No pierdo la esperanza de que algún día me entreguen un Cecile B. DeMille Award. Los discursos de entrega son los mejores. Y pido que algún día alguien me vea con la cara de admiración con la que todos veían a la Streep mientras daba su discurso de aceptación. 

9. Lo bueno de la noche: comentar con Carol y Kira paso a paso la noche a través de Emojis y Bitmojis.

10. Lo mejor de la noche: intercambiar con mis sobrinas nuestras opiniones de moda -sobre todo de las jovencitas que ellas me mencionaban y yo igual de emocionada fingía conocer después de haber googleado los nombres. 

La edad, ¿estado mental? o Todo es relativo en la vida. 

Recién cumplí 46 años. Me encanta cumplir. Es un día especial para mi. Celebro feliz un año más de vida. Una vida dichosa y plena. Estoy un poco más allá de lo que espero que sea la mitad de mi vida. Creo que los 90 sería un buen número para irse. Ojalá que así sea y llegue estando en todas.
Este año mi esposo me dio de regalo de cumpleaños un viaje a Berlín para aprender alemán. Me fui a una escuela a hacer un curso intensivo. En mi clase fui la mayor. Por mucho. Los compañeros estaban entre los 19 y 27 años. 
He aquí algunos signos de que yo me siento como ellos pero ellos me veían un poquito mayor:

– Ekta, de St. Martins de 27 años de edad me dijo mientras almorzábamos una sopa vietnamita: “para nosotros has sido una inspiración porque a tu edad estás aprendiendo un idioma que no necesitás, sos muy responsable y lo mejor es que estás a nuestro nivel….”.  Este me encantó. Por supuesto que lo tomé por el lado amable. Aunque debo admitir que después lo pensé un poquito. Muchas gracias pero ¿y qué creyó? ¿Que me iba a ir a los clubes y no llegar a clases al día siguiente como lo hacían algunos de 19? ¿Que no iba a hacer la tarea? La verdad ni a los 19 hice eso. Bonus de la edad: nivel de responsabilidad es mayor. Y muchas cosas se hacen por placer. 

– Zora de 19 años proveniente de Taiwán me dijo en inglés mientras se tomaba una limonada con ruibarbo y yo un whisky comentando sobre la vida: “oh Anastasha, sós un año mayor que mi mamá”. También me dijo que soy igualita a su madre cuando estábamos buscando algo en mi celular y le dije un poco preocupada que se me había desaparecido una pantalla. Volteó los ojos para arriba y en un tono muy dulce y condescendiente me dijo con la carita y mirada tan dulce como la de un osito panda, un osito panda taiwanés: “aquí está, solo hay que deslizar el dedo así…”, tocó el teléfono con el dedo y de pronto apareció la pantalla. Ouch! Bonus de la edad: en este caso no hubo así es que manténgase al día con la tecnología. Que no se le vaya ni una. 

– Todos los de 19 fuimos a un mercado de Navidad y decidimos tirarnos (¿idea de quién?) de una montaña artificial de nieve….solo que no había nieve, nada más la estructura cubierta con una tela especial para cuando caiga la nieve pero el funcionamiento es el mismo. Igual resbala. No me podía quedar atrás así es que pagamos, nos dieron el neumático y empezamos a subir la montaña por un caminito lateral, cada uno con su juguete sobre la espalda. Cuando llegamos arriba sentí que me vomitaba del susto por la altura pero que no se diga que soy gallina. Nos tiramos los cinco. Decidimos hacerlo juntos, así es que nos tocaba agarrarnos del neumático del vecino, acomodarnos en fila de espaldas hacia abajo. Sí, de espaldas. Cuando el señor con cara de maldad empujó al primero para abajo, no había vuelta atrás. Tuve ganas de tirarme. Ese neumático agarra una gran velocidad conforme baja. Al llegar rebota contra una pared. Yo decidí frenar con la pierna. No ví nada porque iba gritando con los ojos cerrados. Solo sentí. Sentí el piso en toda mi colita. Sentí la estructura completa de metal. Dos días con dolor de coxis y la columna un toquecito destramada por mi frenado manual. Ahhhhh, pero decidieron tirarse otra vez más y hubo dos lesionados levemente. Bonus de la edad: hay que saber cuando decir que no. Y disfrutar lo que se pueda.

– Cada vez que abría mi backpack para sacar los guantes, el gorro, la billetera, la bufanda, la sombrilla, el tiquete del transporte o cualquier otro artículo…se me hacía un desmadre y todos me preguntaban si necesitaba ayuda y me sostenían las cosas. Me jalaban las bolsas de los mercados de Navidad y a veces hasta los cuadernos. Igualito que como hago con Mami. O como cuando a Papi le ayudaron a cruzar un semáforo y él agradeció al joven con un “gracias mijito” y caminó lentamente para no decepcionar al buen samaritano. Bonus de la edad: la gente le ayuda a uno con la carga.     

Ojalá siempre haya una dosis balanceada de ayuda, responsabilidad, irresponsabilidad, locura, cordura, noes y síes para disfrutar este ride. 

Una tal full-anna

Si mi nombre tuviera una pronunciación en otro idioma diferente al español, lo entendería. Si fuera compuesto junto con otro nombre largo, también lo entendería. Si yo hablara enredado, igual lo entendería. Pero es español, es solo un nombre y no hablo de una manera complicada como para que se entienda otro nombre. 
Algunas cosas que a menudo suceden:

Pasé un fin de semana largo en una finca con varia gente que no conocía. Hice clic con una de ellas y a mi regreso le envié un mail con mis datos como habíamos quedado para invitarlos después a la casa. Mi mail tiene mi nombre completo y así le llega al recipiente, mi firma al pie del mail tiene nombre y apellido. Además le escribí al final del mail: “Con cariño, Anastasia”. Su amable respuesta iniciaba con un: “Querida Magnolia….” ¿En serio?!!!  ¡Ni siquiera tengo nombre de flor como para que las haya confundido! Este pasó de largo. 

Tacha. Tachita. Ese es del colegio. Nunca me gustó. El primero menos que el segundo. Inevitable pensar en el horrible dictador del hermano país al norte del mío. Y peor aún acordarme de que con ese nombre me molestaban. ¿Algo más feo para una chiquita de edad escolar que la llamen como un hombre? La mamá de un vecino del barrio cuando me conoció me dijo: “como Anastasio Somoza…ja-ja-ja”. La señora aparte de que no tenía tacto, tenía cara de bruja, se rió como una y para mí, de ahí en adelante nunca dejó de serlo.

– “¿Me dijo que su nombre es Anastasia Alfaro?” me pregunta la señorita por teléfono. – “No señorita, eso se lo acaba de inventar usted porque hizo una relación con el colegio que lleva el nombre del educador de apellido Alfaro. Ni siquiera le he dicho mi apellido”. Le contesto con los ojos vueltos para arriba. Pero en este caso el nombre no se ve afectado. Estuvo cerca.

Natalia. Natasha. Nicole. Nastassja.
“Escriba por favor la dirección de mi e-mail con “s” no con “c”, de lo contrario nunca me va a llegar” advierto siempre.
“Con doble “s”…?” “Al final o al principio…”? “Intercalada…?” “No era con “c”…? ”Lleva “h”…?

Algunas de las maravillosas preguntas que tienen que ver con la ortografía de mi nombre. 

Es mejor cuando me relacionan con la zarina porque la historia de la rusa tiene el elemento de la realeza. 
Por lo menos pocas veces me nombran a la hermanastra de Cenicienta.

Mi preferido es cuando llegó el hijo de un jefe a la oficina. Él estaba pintando cuando me lo presentaron. Tendría unos 5 años. Me volvió a ver y siguió pintando. Pasaron unos segundos, alzó la vista con cara de incrédulo pero muy concentrado y me dijo: “en serio, ¿cómo se llama usted”?

Muchos deciden afectuosamente acortar mi nombre a Ana. A-nas-ta-sia. Por ningún lado veo el Ana solito. Tampoco me dicen Stasia como si tuviera dos nombres y se dividieran de esa manera. Pero debo admitir que ese Ana me gusta porque es cariñoso. Ese Ana es el que usa mi familia. Es corto. Es cercano. Es del corazón. De ahí nace una tal full-anna.

El carné pasivo-agresivo

Hoy estaba cambiando los documentos de mi billetera vieja a una que me acaba de regalar mi esposito. Regularmente limpio y reciclo todo en mi vida por lo que disciplinadamente (obsesivamente) decido reacomodar. Boto las facturas de un viaje del que acabo de llegar y guardo las de garantía, reviso fechas de vencimiento de cédulas y licencia, verifico que el billete de la suerte esté en buen estado, que la Santa Lucía que me regalaron mis papás en enero (para amor y dinero el año entero) esté como recién cortada, que la semillita de un árbol que me recuerda a mi hermano esté entera y demás asuntos “normales” relacionados con la limpieza de una billetera.

Los carnés de los seguros están vigentes, en buen estado pero le pregunto a mi esposo si todos sirven. Me dice que sí y que ojalá nunca los necesitemos. Que así sea.   Me dice que uno de ellos es el local por lo que lo coloco en otro compartimento. Pero lo leo con detenimiento y me recuerda en letras mayúsculas debajo de mi status de seguro algo que no fui… Se lo enseño a mi esposo y nos carcajeamos. Hacemos chistes negros y blancos del asunto. Gracias a Dios nos reímos. Somos buenos para reírnos de nosotros mismos.  ¿Qué pasaría si el hecho involuntario de que no sucedió me afectara? ¿Si estuviera en depresión por el asunto y cada vez que voy a una cita al doctor la compañía del seguro me lo recuerda?  No hay ningún problema, parece que ellos pensaron en todo. Ellos están de mi lado. Ellos me apoyan y me entienden. Ellos me acompañan. Favor ver el eslogan debajo del logo. Decidí que es un carné pasivo-agresivo. 

El día que me casé

Amor en bolsita, Cereza de invierno, Uchuva, Goldenberry, Aguaymanto, Coqueret du Pérou, Amor Escondido, Uvilla, Tomatillo o su nombre científico: Physalis peruviana. Es una fruta exótica originaria de América del Sur. Adquiere su color dorado del sol, viene protegida en una delicada bolsita que parece un capullo bordado a mano por las más finas tejedoras. Es como un mini nido de oropéndola. Su sabor es agridulce. Como el amor.

Decidí copiarle la idea a Martha Stewart pero a falta de cerezas frescas por la época, tropicalicé la idea con el Amor en bolsita.  Una señora muy amable me las trajo directo de su plantación en San Gerardo de Dota. Le había pedido a María Elena, mi amiga-profesora-filóloga que me ayudara a hacer una frase para colocarle una etiqueta a cada bolsa, haciendo una analogía entre el sabor agridulce de la fruta y el amor. No lo logramos pero no importó porque las bolsitas se veían divinas con lo que parecían ser mini linternas. Las bolsas blancas de unos ocho dedos de altura de papel encerado las mandé a hacer en Alajuela por encargo. El sello de agua con nuestro monograma lo mandé a hacer en República Dominicana, la tierra de mi esposo. Le puse el sello a cada bolsa en la parte superior, una por una. Cada puesto tenía su dosis de Amor. En bolsita. Me encantan los detalles y complicarme la vida. Lo disfruto. En algún momento de la noche ví una guerra de uchuvas entre algunas mesas. Eso no lo disfruté tanto por lo que preferí hacerme la loca.

De ese día no me acuerdo de muchas cosas pero ayer que ojee mi álbum de bodas y mi baúl, me hicieron recordar muchas que estaban dormidas.  El joyero plateado en forma de corazón para llevar las arras -al que Mami siempre tan detallista le puso una cinta con florcitas, el pedacito de tela con nuestro monograma azul que Mami me bordó en el ruedo del vestido, el periódico del día que nos casamos que Papi me guardó para que me acuerde de lo que pasaba ese día, el libro de firmas de invitados, los recortes de las listas de regalos de los periódicos, las tarjetas de felicitación, mi antifaz del carnaval y algunos pétalos de flores entre algunos de los recuerdos que me encontré.

Mi bouquet tenía 60 tulipanes rojos. Es mi flor preferida. Cuando lo ví me pareció un espectáculo. Me lo hizo Javier Sanjuan quien ya no está con nosotros. Se fue antes de tiempo. Toda la decoración la hizo “Chavi” (de Xavi en catalán) como le decía -como le dice- su madre.   Estoy segura que como siempre, cobró mucho menos pero parecía que habíamos gastado una pequeña fortuna. Ese amor por su trabajo  y don de servir a los demás hacía que todo brillara y se multiplicara. Quise hortensias porque me gustan mucho, un ramito cubre una gran área y además es de las flores más baratas. Estaba muy “in” combinarlo con frutas y verduras, en mi caso lo hicimos con manzanas verdes y guineos.

En este momento voy en un avión hacia Boston y decido levantarme para ir al baño pero la aeromoza-policía me dice: “tome asiento que el capitán va a ir al baño…” Parándome en seco con una mano haciéndome la señal de alto. Tranquila que no voy a secuestrar al piloto. A la mierda mi concentración.

Hablando de idas al baño, recién salida de la iglesia entré corriendo al salón para hacerme un retoque. Mi peluquero-maquillista-amigo estaba por ahí por lo que recibí un upgrade instantáneo en los servicios contratados. Me ayudó a retocar el maquillaje y cuando me quitó el velo le pareció que mi moño se veía muy pequeñito por lo que decidió coger unas flores de los arreglos de los baños y encaramarlas de manera artística para que se viera mejor. Lila con blanco fueron los colores de mi nuevo moño con flores junto con la tiara de cristales irregulares. Me arrepiento de no haberla comprado. La alquilé en República Dominicana. Tenía “opción de compra” pero decidí no gastar más de la cuenta. Raro en mí.

Viendo las fotos me da nostalgia alguna gente que hace falta. Que se fue. Algunos a su tiempo, otros se adelantaron. Por supuesto mi hermano. Se fue mucho, mucho antes de lo esperado. Quedó flotando en el tiempo. Guapo y joven por siempre en las fotos. Al estilo de una estrella de cine que se inmortaliza y se hace una leyenda. Al menos así quedó en mi recuerdo, en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma.

Estos vinos están haciéndome pasar una mala jugada. Al menos sirven para recordar. Y son gratis. Mejor le pido la tercera copa a la sobrecargo y sigo recordando.  Salomón, un compañero de mi esposo en la maestría también se fue antes de tiempo. Desde la boda no lo volví a ver más. Gran aprecio le tuve siempre. Mi tío Néstor se fue casi a su tiempo, aunque nunca es el tiempo.   Siempre lo asocio con películas de miedo porque le encantaban. “Birds” de Hitchcock. Estaba en su casa y la ví de reojo.  Me acuerdo de muchos cuervos sacándole los ojos a la gente. Escenas en blanco y negro. Se suponía que era de miedo pero más bien me causó tristeza y ansiedad.  También vimos juntos “Alicia en el país de las maravillas”. No es de miedo pero mis gritos en el cine hicieron que nos tuviéramos que salir.  Aquel gato morado que aparecía y desaparecía a su antojo. Cheshire fue el culpable.

Otros invitados han desaparecido de la escena porque los matrimonios tienen fecha de vencimiento aunque nosotros no lo sepamos. Tema para otro día.

Regreso del baño y de 12 personas que hay alrededor mío en el avión hay unas tres que duermen con la boca abierta. Por eso no me gusta dormirme en los aviones. El vecino mío cuando ronca hasta brinca y se durmió muy sentado con las manos sobre la mesa al lado de su libro “The Thousand Autumns of Jacob de Zoet”. Pareciera que lee pero duerme plácidamente. Que le aproveche.

Me acuerdo que ese día trabajé en la boda hasta después de almuerzo. Tenía muchas cosas que hacer. Yo me encargué de toda la organización y tuve una maestro de ceremonias. Ya para ese entonces me gustaba organizar eventos y el mío lo disfruté muchísimo. Tanto así que después de haberme casado quería que todos se fueran a sus casas porque…no sé por qué. Siempre me pasa cuando hago un evento para mí. Disfruto más la organización. Al rato entro en calor y me encanta hablar con la gente pero sentí que ese día había mucha presión de mi parte por querer controlar todo y que saliera perfecto. La boda fue un viernes a las ocho de la noche y el domingo de madrugada me iba a vivir afuera sin saber cuando regresaría a mi país. Nunca había vivido afuera. Nunca había estado lejos de mi familia y amigos. La verdad yo no quería hacer boda, me quería escapar y llegar casada para evitarme la despedida uno a uno y algunos problemas tontos. Que si mi primo estaba invitado -me preguntó mi tío. Primo que no estaba invitado. Que si pueden llevar los chiquitos. Boda sin niños, por favor. Que si la prima de Mami puede ir acompañada porque no tiene cómo devolverse. Oooooootro puesto que hay que pagar. En fin, las discusiones normales de casi cualquier boda. Pero mi novio me dijo que él si quería boda porque era como mi despedida. ¿Y qué si qué? Cuando la primera de mis amigas se fue a la media noche empecé con el llanto. Fue una noche agridulce. Como el Amor en bolsita. Como si lo hubieran predicho las uchuvas. No había de otra, Pao tenía que darle de comer a su bebé recién nacido.

En las fotos de la boda la gente se ve muy feliz. En las fotos en general, el 99 por ciento de la gente se ve feliz. Por eso no tomamos fotos en funerales… ¿para qué queremos esos recuerdos en papel o digital? Ya es suficiente con llevarlos en la cabeza. Pero sí queremos plasmar para siempre la felicidad, una carcajada, una pose vacilona, la juventud.  Ahhhhhh esa es otra, muchos se ven muy jóvenes. En los que más se ve la huella del tiempo es en los que ya tenían juventud acumulada. El tiempo no perdona ni pasa en vano y pasa más rápido en los mayores, creo yo. Al menos a mis papás les faltaba dos meses para empezar a envejecer de golpe con la partida de mi hermano. Todavía en esas fotos no nos imaginábamos lo que iba a pasar, había mucha felicidad en el ambiente como para siquiera imaginarlo. A Mami sólo le veo unas bolsas debajo de los ojos  como si ahí se le hubieran acumulado todas las lágrimas; el peso es el mismo, el pelo también aunque no sabemos con certeza porque se lo tiñe. A Papi le cayó una nevada en la cabeza y el bigote. Se ve más jalado pero se ve mejor ahora que en las fotos. El tiempo suele ser bondadoso con los hombres.  Los mas jóvenes se veían viejos posiblemente a causa de esa necesidad de verse más maduro. Esos ahora están mejor. Posiblemente porque estoy en ese grupo. Espero poder decir lo mismo dentro de otros quince años.

Faltan 50 minutos para llegar a Boston. Esta semana hubo tormenta la cual bautizaron como “Thunder Storm”. Estuvo fuerte pero no fue para tanto. Me encantaría ver nevar, hace mucho que no veo nevar y nunca he visto nieve por montones. Me parece un fenómeno de la naturaleza espectacular y romántico.

En el departamento romántico-cursi tuvimos una sesión de fotos aparte después de la cena. Yo no quería que el novio me viera de novia antes de casarnos y no quería la típica sesión de la novia sola por lo que hicimos ese arreglo. “Tómele las manos y mírele el anillo” dijo el fotógrafo. “What?!!” y nos dió una risa nerviosa a los dos. Ahora la foto me hace gracia y me acuerdo lo mucho que nos reímos en esa sesión.  Le pedí poses diferentes, inspiradas en las muchas revistas que me había prestado mi amiga-chef Andre quien tiene un gusto exquisito. Me las había estudiado una a una, había tomado notas y tenía mi portafolio con recortes, anotaciones y todo lo que me pareciera útil. Lo inútil también.  Tiempo después de haberme casado mandé a hacer un álbum como los de las abuelas, con cartulina negra por dentro y divisiones de papel cebolla, forrado en seda cruda roja y cosido a mano con una cinta. Cada foto se coloca por las cuatro esquinas. Me parece que es toda una joya.

En la tarde de la boda cuando llegué de decorar no pude dormir por lo que me dediqué a ver a los demás. Karla se alistó en casa con nuestro peluquero-maquillista-amigo y después se fue para la suya. Georgina en ese momento vivía afuera pero estaba en casa. Quiso colochos como siempre. Desde chiquitita soñaba con ser colocha. Como yo. Tenía un pelo lindo muy lacio y largo. Ahora tiene tantas ondas que casi parecen colochos y a mí se me fueron los míos los cuales extraño.  Mami se peinó donde Lidiette, su peluquera de casi 46 años y se maquilló sola. Nunca le ha gustado que nadie más lo haga.  Fui la última en alistarme. Cuando terminé me dí cuenta que mis papás y hermana se acababan de ir. Se despidieron a la carrera. Mi hermano y la novia ya iban saliendo… ¡Casi me dejan todos! ¿Quién se olvida de la novia? Ibamos rápido porque creo que había riesgo de llegar un poco tarde. La maestra de ceremonias estaba nerviosa, me dijo que el novio había llegado hacía como una hora y que el padre iba a empezar sin mí…pero por Dios, ¡eran apenas las 8:05 de la noche! Cinco minutos de atraso. Además, ¿cómo el padre iba a empezar sin la novia?

En el desfile se me nubló todo pero me acuerdo que la iglesia se veía espectacular llena de candelas y con las hortensias en el altar. “Tranquila, esto lo llenamos de candelas y le ponemos unos setos a ambos lados del pasillo y va a ver cómo se ve” me dijo Javier. ¡Qué razón tenía!

Esa noche pasó muy rápido. Mi parte preferida fue la ceremonia. Cuando entré a la iglesia se sentía un calorcito delicioso. Estaba llena de gente querida y no cabía una persona más. Estaba nerviosa por desfilar ante tanta gente. La luz amarilla tenue de las candelas era perfecta. Mi casi esposo al frente se veía muy guapo. Cuando Papi me fue a entregar se enclochó y no me dejaba ir. Debe ser difícil dejar ir a los hijos. Le tuve que decir en voz baja que me entregara. Nos reímos. La ceremonia fue emotiva y alegre. En casi todas las fotos salimos carcajeándonos.

Siempre pensé en el discurso de Papi. Vimos The Father of the Bride juntos –creo que más como una especie de entrenamiento de mi parte. Lloraba de emoción cada vez que la veía. Papi siempre tiene frases apropiadas para cada momento. Siempre hay una anécdota. Es muy cariñoso y emotivo.  Y señoras y señores, se volvió a enclochar y decidió pasarle el micrófono a Mami y después a mi suegro. Le huyó al discurso público. Lo dejó en manos de los demás. Y yo no lo podía creer. No había marcha atrás en la decisión. No había discurso con frase apropiada para la ocasión, ni cita citable ni verso sin esfuerzo. Otra muestra de que en la vida muchas cosas salen diferente a como uno las planifica. Como cuando en el brindis aparecen los saloneros con guantes blancos haciendo un desfile enfrente de mi mesa y con una rosa roja cada uno. Sí, guantes blancos y una rosa. ¿Qué era esto? ¿Mickey Mouses románticos? A mí nadie me dijo de este show. No me consultaron si quería tener unos mimos. Tuve que sonreír y esperar a que terminara el desfile de abanderados. De todas maneras fue una noche muy linda.  Yo fui quien manejó mi carro al hotel porque el marido no estaba en condiciones ya que había bebido como los peces en el río.  La delicada novia manejando un pick-up…

Ya casi a punto de aterrizar me pongo a pensar que muchas cosas fueron diferentes a como me las esperaba, entre ellas mi matrimonio. Ha sido mejor de lo que me imaginé, con sus altos y bajos por supuesto pero lleno de sorpresas, de paciencia, de respeto, de cariño y de amor. Como la canción de Juan Luis Guerra que bailamos en el kiosco que parecía de cuento. Una canción que mi marido me había cantado meses antes en la Soda Tapia en una madrugada. “Eres como una hormiguita/que me besa y me pica…”. Decidimos que ese sería nuestro vals.

Sí me volvería a casar. Con el mismo. Sí me disfrutaría más la fiesta. Ese día fue como una canción estridente a todo volumen que pasó muy, muy rápido. Tengo flashes por todo lado. Todos estaban felices. Todos se enfiestaron.

A veces hay fiestas espectaculares y los matrimonios son lindos, en mi caso es alrevés, la fiesta fue linda y el matrimonio ha sido espectacular.

La maleta

Esa vez viajé sola y el peso de lo que llevaba en la mano estaba muy por encima del equipaje permitido. Cuando viajo con el marido es más fácil pero cuando voy sola me encuentro con algunas restricciones que me van poniendo ansiosita.
Llevaba la maleta de mano, un bolso cruzado que pesaba como la maleta de mano y un backpack con la computadora que pesaba lo mismo o más que los dos anteriores. Ya esa computadora está obsoleta y pesa como un yunque. Nada de lo anterior se podía mandar por equipaje. Dios guardísimo. Además me lo hubieran cobrado y por política personal me rehuso a pagar un cinco en equipaje extra. Hacía frío afuera del aeropuerto por lo que venía bien abrigada pero cuando entré la temperatura estaba bastante agradable. Ya todo estaba calculado, el abrigo fashion que se usa cerrado lo dejaría abierto y me serviría como una capa para camuflar el backpack que me iba a poner entre mis dos layers de ropa y el abrigo. Si me hubieran visto de perfil hubieran creído que tenía algún problema severo de espalda con aquella joroba. Mientras hice la fila muy de frente al counter mantuve una cara de persona relajada que no tiene peso alguno en la vida. No tensé ningún músculo y la postura fue la de alguien a quien no se le estaban dislocando el hombro y lesionando algunas vértebras de la columna mientras se arrecostaba sobre un lado del cuerpo.

No contaba con un ambiente taaaaan agradable dentro del aeropuerto.  Empecé a sudar pero eso es algo que con los años he aprendido a controlar casi por completo. Solamente ignore la reacción física y ésta desaparecerá -es la instrucción. 

Pasé al counter y me dió por la habladera, con mi simpatía logré superar el primer obstáculo. Simpatía tiene que ser, no hay de otra. Aplíquelo para todo en la vida. He comprobado que cuando es al contrario, es como un imán que atrae a la pesa de maletas o para ser realistas, cualquier mal rato en la vida. En dos ocasiones en que no hicimos química y no le caí bien a las señoritas del counter me invitaron a buscar a alguien que me llevara el exceso de kilos que marcaba la báscula y entregárselos a otra persona que llevara menos peso. No entiendo todavía qué hace uno si no se encuentra con algún conocido a quien no le dé pena pedirle semejante y comprometedor favor en caso de no querer pagar. ¿Botar a la basura el exceso de cositas lindas? Como me considero una persona dichosa hasta en estos asuntos, en esas dos ocasiones iban unas conocidas en la misma aerolínea y me ayudaron a cargar aquellas bolsas. Plástica blanca en una ocasión (no sé de dónde salió. Sin agarraderas y sin pertenecer a ninguna tienda, estilo bolsa Kanguro pero sin marca, a punto de reventarse) y en el otro caso una bolsa negra de tela de una cartera que llevaba para las salidas elegantes. Metí todo revuelto como en una piñata y después de migración estas amables personas me hicieron entrega de mis pertenencias para acomodarlas nuevamente. Es toda una farsa la que monto. Algo para pasar el control. 

El segundo obstáculo es el muy temido mensaje en vivo antes de abordar el avión: “No contamos con suficiente espacio a bordo por lo tanto las personas que viajen con más de un equipaje de mano deberán chequearlo…”. 

Aquí funciona aplicar el don de la invisibilidad. Igual, se suda. 

 Me gusta viajar. Me encanta andar cómoda, comprarme cositas lindas y diferentes para mí y para la casa. Eso lo saqué de Mami. Siempre traía de sus viajes las cositas más lindas y diferentes. La casa tiene recuerdos de cada viaje. No entendía muy bien porqué Mami compraba algo complicado de empacar o que se podía quebrar. Aquel papiro -asumo que lo trajo enrollado en un tubo, adornos de metal o de porcelana, un pichel de un anticuario…. Cada esquinita de la casa de Mami tiene algo que es una piecita de conversación. Casi detrás de todo hay una historia. Ya todo está claro. Soy igualita a mi madre. También soy la persona más complicada para empacar -antes y después. Para nada soy una viajera light. Con Rey he aprendido a viajar un poquitititito más liviana pero no del todo. Lo del poquitititito se debe a que no le gusta chequear maletas pero ya hemos llegado a un feliz término intermedio: sólo una maleta se envía por equipaje. Más las 7 que llevo de mano. Hay gente a la que le da paz no llevar casi nada, a mí me da paz llevar casi todo el closet. Me causa felicidad saber que todos los días me puedo poner ropa limpia, que tengo de donde escoger y hacer diferentes combinaciones, que no paso ni frío ni calor y que la foto del recuerdo no queda como un retrato. Literal.  Necesito llevar una mudada diaria, una para la salida elegante, diferentes zapatos y estar preparada para casi cualquier clima. Voy para la playa pero vea a ver que se venga una ola de frío, si voy para el frío vea a ver que se venga una ola de calor. Ya me ha pasado.

No me gusta eso de andar en tennis de correr. Ahora que no estoy corriendo, menos que los llevo de viaje. Pero sí unos tennis cómodos. Y cool. Mejor aún si pasan por el filtro de mis sobrinas y son piropeados por ellas.

Necesito llevar conmigo diferentes aretes, collares, anillos, gargantillas, bufandas, pañuelos, tiras para el pelo… En fin, todos los accesorios necesarios para realzar la belleza griega. Me gusta estar cambiando y verme diferente todos los días. Aunque sea en el bosque. Aunque no haya nadie. 

Últimamente me he puesto como tarea alistar en tiempo récord y pongo el timer del celular para cumplir con la meta. Incluso ha dejado de ser aburrida la empacada. Pongo musiquita, me hago un té y arranca la contrarreloj. Poco a poco he bajado los tiempos. El problema es que cuando voy a buscar algo al clóset, me encuentro que hay algo desordenado o que necesita limpiarse y mi leve déficit atencional me juega una mala pasada. Pero entonces lo tomo como un extra bonus y lo rebajo del tiempo final. Una simple ecuación matemática lo arregla todo.

 Para muestra de la complicación, un botón. En este viaje traigo tres piezas de equipaje para ser estrictos con los términos utilizados por la aerolínea. No así con la cantidad.

Mi maleta mágica de mano, mi bolso cruzado y un bolso de manta con dos canastas de metal. Sí, dos canastas. De frutas o verduras, o lo que sea. Las compré pensando en la cocina. Ya les tengo un lugar. Yo diría que en una caben unas 10 naranjas y en la otra una sandía y una papaya. También pueden ser semillas secas, me dijo la señorita en la tienda pero ahí aumentaría considerablemente la cantidad de éstas. Ese es el tamaño aproximado. Haga cálculos. Dentro de los artículos que suelo traer y que requieren de un empaque especial pero que he llegado a casi perfeccionar están los tés (en lata y en bolsa), sales de cocina en frascos de vidrio (dos de cada una, para mí y para mi hermana), vasos de vidrio para sangría, piezas de metal para colgar los abrigos, aisladores de cocina en forma de lechuza que pesan como una valija de mano, perillas de puertas, mantelitos y pañuelos bordados (dos de cada uno, para mí y para Mami), azúcar en cristales en caja de cartón, mermeladas en frascos de vidrio y por supuesto libros.

 Junto con las canastas de malla de metal, traigo en la maleta de mano mis accesorios de varios días, 9 libros de los cuales dos son para un coffee table –nunca son pequeños ni livianos, mucho papel de carta y post cards. Es mucho porque cuando los compré la dependiente de la tienda me dijo sin habérselo pedido (nunca lo pido, soy mala para eso) que me iba a hacer un descuento porque nunca había visto a alguien que comprara tantas tarjetas. Me preguntó si las coleccionaba y me quedé pensándolo porque me gustan tanto que cuando las doy casi me duele deshacerme de ellas. Le dije que no sólo las doy por el cumpleaños, las doy cuando alguien está triste, si alguien se enferma, para Navidad, para celebrar la llegada de un bebé, por un logro alcanzado, para cuando alguien “se va” o porque sí…. Me dijo que mis amigos deberían sentirse felices de que siempre les voy a dar una tarjeta. Bonita forma de verlo. Estoy reconsiderando no perder mi tradición.

Me encanta sentarme en mi estudio, abrir mis cajas forradas en tela y ver cada una de las tarjetas. Algunas son de enmarcar de lo geniales que son. Hay gente que cuando esté mayor va a tener varios gatos. Yo voy a tener muchas tarjetas.

La tarjeta de cuando alguien “se va” es triste de dar. Mami y yo no decimos “se murió”. No sé por qué. Posiblemente suena a algo final. Para siempre. Aunque así sea. Decimos que se fue. Me acuerdo que después de que se fue Jor, andábamos haciendo unas vueltas en el banco. Todo estaba muy reciente. A Mami le encanta enseñar la foto (una de las tantas) que anda en la billetera. Al principio lo hacía muy frecuentemente, ya no tanto. Siempre lo ha hecho contenta y orgullosa. Esa vez me hizo gracia porque cuando le enseñó la foto le dijo a la cajera que “se había ido”. La cajera después de que le dijo que qué guapo le preguntó para adónde se había ido. Y ahí empezó una tragicomedia. Una rutina digna de una buena escena de cine independiente. Mami no sabía decirle para adónde, sólo le señalaba el cielo con los ojos para arriba pero aparentemente no lo suficientemente alto porque la señorita seguía tratando de acertar en los posibles destinos. Yo tampoco podía decirle para adónde. Quería decirle que se había ido de la casa, de nuestras vidas, del planeta, que se había ido para siempre. Pero eso hubiera sonado más a tragedia que a comedia. 

 Siempre hay un riesgo en que lo preciado desaparezca. Como las dos maletas que nunca regresaron a mí. Una de mano que tiré por equipaje para poder hacer un favor y traerme el favor en la mano. Me tocó reponer las “Memorias de una geisha” prestado que iba en la maleta de mano. Fui lo contrario de simpática con la señorita del counter y sospecho que hubo mano criminal. La otra con los ajuares nuevos para fin de año en la playa, nunca apareció. Por eso siempre hago el disclaimer con los encargos, pedidos especiales y favores, de que no soy responsable de lo que lleve o traiga. Con cada viaje que hago todavía Gaby me vacila con que la maleta ya va a llegar y que esté atenta por si aparece en el carrusel. De esto ya hace tres años. La seguimos esperando.

Aquí voy en el avión con todos mis chunches más preciados en la maleta de mano. El sobrepeso va en cabina. La maleta grande esperemos que llegue a su destino final con éxito.  Todos esperando llegar a casa para buscarles un lugar especial y que se vuelvan una pequeña historia.