Tía Mila

Se nos fue tía Mila. Se fue ayer. Fueron 95 años bien vividos. Creo que fue feliz la mayor parte de su vida. Valiente y de armas tomar. Siempre alegre y graciosa. Con un humor envidiable, humor negro como el que me gusta mí. Gracias a todos los buenos recuerdos que me deja me voy secando las lágrimas con una servilleta de Coca-Cola y Avianca. De esas servilletas aparentemente ecofriendly que son como una lija, así de paso me hago una microdermabrasión en el área alrededor de los ojos que ya deporsí es delicada y no creo que haga bien.

Sí, otra vez me toca regresar en avión a despedir a alguien querido. Digo despedir para que suene más poético pero en realidad uno se despide en vida. Esta cabrona maña de la muerte de llegar sin avisar. No hay de otra. Es lo único seguro en esta vida…. y todo lo cliché alrededor del tema. Tema que a veces es un poco incómodo. Para que no lo agarre desprevenido, aquí unos cuantos bullets en desorden de qué hacer -o no hacer- en estos casos según mi experiencia y que surgen a raíz de notificar de la partida de tía Mila a mis amigos:

1. Siempre, siempre, siempre manifiéstese. Como sea pero hágalo. Telegrama, Facebook, llamada telefónica, Skype, Whatsapp, mensaje de texto y mejor aún si se manifiesta en persona. Todo gesto de solidaridad uno lo agradece. Todavía me acuerdo de la gente que me visitó, llamó o escribió cuando mi hermano murió hace muchos años. Un amigo me llamó por teléfono (todavía no existían los celulares) y me pasó a otro amigo que claramente no estaba preparado para hablarme y me preguntó cómo me sentía (error #1) a lo cual inmediatamente después de mi respuesta me dijo (error garrafal #2): “… y dicen que se pone peor…”. Pocas palabras han sido tan poco empáticas pero tan sabias. Sí, increíble pero se pone peor con los días. ¡Tenía toda la razón! Ahora la historia es graciosa. Aquel pobre hombre tartamudeando, buscando las palabras para reconfortarme, haciendo leña del árbol caído y además preparándome para lo que venía con esa cápsula (bomba) de sabiduría. ¡La verdad, todo un valiente! A veces no damos el pésame porque ya es muy tarde. No, nunca es tarde. Pero hágalo lo más pronto posible y de la manera en que su corazón le diga que es lo correcto.

2. Sea empático. O al menos trate. Yo sé que es normal decir que lo siente, que lo lamenta. No, lo más seguro es que no lo sienta ni parecido. Si sintiera ese dolor en ese momento sería horrible para usted también. No queremos más gente con dolor de ese que hace que el corazón duela. No diga nada. Sólo abrace. O mande el abrazo por escrito (sí se puede). Acompañe. Ofrezca su ayuda, su compañía. En silencio. A Mami le dijeron en algún momento: “mejor que se fue porque no sabés si él iba a caer en las drogas”. ¿Eso fue en serio?!!! Un claro ejemplo de empatía. Otro ejemplo es: “¿y cómo fue el accidente?” o ¿de qué murió?” NO. NO. NO. Esto no debe hacerse. Si la persona solita quiere hablar de la partida de su ser querido, escúchelo pero no le pregunte.

3. Son eventos sociales pero compórtese. Los que hemos estado del otro lado (no literal, por dicha) oímos todas las tonteras que se hablan alrededor, las carcajadas, las conversaciones vacías…. tal vez es mucho pedir pero hable bajito. No sea tan emotivo como en una boda o en un bautizo. Los del otro lado (no literal) están dolidos pero no sordos. Trate de ponerse del otro lado. Insisto, no es literal.

4. Chats grupales. Si está dando el pésame por aquí, absténgase de mandar chistes y memes al menos por ese día. Sea empático. Otra vez. Acompañe al menos hasta que el día se acabe. Tengo un chat con dos amigos a los que les informé ayer (Día de San Valentín) de la partida de mi tía. Durante toda la mañana un amigo había enviado 200 chistes sobre el famoso día. Unos vacilones, otros pasados pero todos haciendo chota del día. Después de darme el pésame, a los 3 minutos mandó algo que empezaba con “verdadero amigo no es el que….” y me emocioné al abrirlo pero para mi sorpresa continuaba con algo como: “… te manda flores o te escribe. Un verdadero amigo es el que te manda la lista de los 50 porn sites…” Y a continuación, EN SERIO, venía la lista de los sitios de pornografía. Lo borré de inmediato, ¡no fuera a ser que le diera click a uno sin querer!

Tenemos que entender de quién y de dónde vienen las cosas. Y prefiero tomármelo con humor. Me ayuda a sanar. Al final, todo se resume en empatía. Es un poco (o mucho) de sentido común.

Aquí voy nerviosa en el taxi. Ya casi voy a abrazar a Mami y a mis primas queridas y ojalá ser una buena compañía.

Si le contara esto a tía Mila se estaría riendo, no me queda la menor duda.

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La alfombra de pelos

Una de mis pesadillas es dañar una obra de arte sin querer. Siempre soy extremadamente cuidadosa en los museos, en las galerías… y en las casas. Con mi grupo de amigos artistas vacilamos sobre la pelada que sería dañar algo y además nos tomamos la molestia en hacer una lista con las posibles maneras de dañarla. Cuando una obra es difícil de instalar, de mantener o de limpiar es el blanco perfecto de discusión y es obligatorio invertirle al menos 1 minuto al tema.  Las instalaciones y las obras modernas -de esas que para mucha gente no es arte- se prestan para eso.

Vengo subiendo del sótano de tener una conversación deliciosa con dos amigos. Estábamos viendo las obras en la casa de unos amigos que tienen muchas obras de esas modernas. En la semana de arte hicieron un cóctel en su casa para exhibir su colección. Vengo detrás de mis dos amigos pero paro a saludar a alguien. Ellos se van por un lado del comedor y los veo al fondo. Cerca de ellos veo una obra de un famoso colombiano del que no recuerdo el nombre, son tres piezas blancas en el piso en las que se proyecta una imagen desde el techo y el agua se va por el desagüe proyectado en el piso. Ya la había visto en un museo, una obra moderna espectacular (seguimos con la palabra “moderna”). Pienso rápida y jocosamente “qué dicha que la vi, no vaya a ser que se me mojen los zapatos nuevos y me vaya por el desagüe….”. Cuando en realidad lo que puede pasar es que quiebre el acrílico que está en el piso y me cague en la obra.
Tomo el mismo camino que según yo ellos tomaron, como en cámara lenta veo la obra del agua proyectada al fondo, veo una alfombra que decido que está como muy infladita y mejor no majarla pero ya mi cuerpo tenía el curso y peso puesto sobre la alfombra. Todo esto sucede en mini fracciones de segundos… majo la hijueputa alfombra con mis zapatos nuevos que se resbalan, siento que la alfombra se mueve, como que se desintegra y hay un grito ahogado que viene de mi lado derecho: “¡Anastasiaaaaa!”. En ese instante le pido a Dios tantas cosas banales: no caerme, que nadie me haya visto, que ese grito no fuera a mí pero hay muy altas posibilidades que no haya nadie más con ese nombre, que el grito no fuera de mi amiga la dueña de la casa o de las consultoras-gestoras de arte que organizaron el cóctel porque sabía que algo estaba mal… No me caí, logré salir de las arenas movedizas, seguí mi curso y busqué a mis amigos disimuladamente con un miedo terrible de volver a ver atrás y abajo. Alguien a mi lado susurró con voz de decepción y asombro: “se paró en la obra…”. Pensé: “tengo la personalidad, carácter y valentía suficientes para ver hacia atrás. Peores cosas he pasado y he salido adelante. Lo se.” De reojo como quien no quiere la cosa, vuelvo a ver atrás y el cuadrado que parecía una cosecha de frijoles gigantes súper ordenaditos tenía un hueco casi del tamaño de un zapato talla 39 y alrededor estaban todos desperdigados. La simetría perfecta de la alfombra se había perdido. El daño estaba hecho. Sigo la voz que gritó mi nombre a mi derecha y es una de mis amigas que está orinada de la risa, con -al parecer-pena de admitir que es mi amiga conforme yo me le acerco. Comentamos. Estoy en otra dimensión. No tengo el recuento de los daños claro. Me armo de valentía y busco a Gloria Cristina, la consultora-gestora de arte que organizó el cóctel para informarle del accidente y afrontar el posible daño económico que me tocaría cubrir. Tengo miedo. Miedo del monto a pagar o pensar en que no hay posible reparación
– “Gloria Cristina, me acabo de parar en una obra y pasó eso.” Señalando el frijolar gigante que después me enteré que son bolas de pelos humanos puestas una al lado de la otra y por eso es resbaloso.
– “¿Otra vez?!” Dice Gloria Cristina muy molesta mientras ve al piso. “¡Esto es culpa de Camilo Adolfo. Yo se lo dije!.” Y se va apresurada, agachándose a ordenar las bolas de pelos. El nombre Camilo Adolfo es ficticio. Lo cambié para proteger la identidad del coleccionista. Y para proteger mi reputación. ¿Qué reputación?! Si el daño ya lo había hecho. Me había parado en una obra. Me había parado en una obra de Juan Fernando Herrán.

Mi marido estaba fuera de la ciudad. En cuanto llegué a casa al final de la noche, le mandé la foto que tomé meramente con fines ilustrativos, contándole lo que me había pasado.
El texto de respuesta cuando amanecí decía: “todo el mundo maja esa alfombra de pelos”.

Candelilla Club

Estaba en la cima de un sueño. Finalmente logré llegar a un escenario. No fue como cantante o haciendo stand-up comedy. Tampoco como actriz de teatro. Hice la primera noche de storytelling en Costa Rica. Fui la host de esa noche y siete valientes (me incluyo porque casi me orino) nos lanzamos al agua y compartimos un pedacito de nuestras vidas desde el corazón. El requisito era (y es) contar una historia real, en menos de 8 minutos a un público en vivo. Historias que nos hayan cambiado de alguna manera.
Ese día 60 personas nos escucharon. Abrieron el corazón y el ambiente tenía una energía espectacular.
Historias de un primer beso olvidado a causa de una hipoglicemia, de una familia que pasó un mal rato en los rápidos de un río crecido, de un perdón que nunca se pidió porque la persona murió, de un accidente en bicicleta y cómo a causa de él nació una asociación para ayudar a los ciclistas en las calles, del poder de un lápiz de labios rojo, de un momento cercano a la muerte y de un posible mensaje de fe.
En un mes hice el concepto, se diseñó el logotipo y el material para promocionar la primera noche de storytelling, pedí favores a amigos para que me acompañaran en el escenario e invité a la gente. Por error se abrieron las reservas al público unos 10 días antes y en menos de 24 horas se llenó el espacio. Esto me puso más ansiosa y más nerviosa pero con emoción de la buena. ¡Tengo altas expectativas del evento! Me decía una amiga para darme ánimo pero cada vez que trabajaba en esto y me acordaba de su frase,me sudaban las manos y me daba dolor de estómago. Medité y oré varias veces al día pidiendo paz y tranquilidad. Conforme se acercaba el evento tuve que pedir enfocarme en el enfoque. Suele suceder, uno quiere descansar los días antes, como cuando se va a hacer una carrera. Pero pasa todo lo contrario. Dos temblores de tierra en días diferentes me hicieron trasnochar y ya no estaba muy fresca o enfocada. Me costaba dormirme de la emoción y me levantaba mucho antes de que sonara el despertador corriendo para el baño. Cuatro días antes comida liviana y nada de desarreglos, dos días antes probé por primera vez el Espíritu de Azahar (coadyuvante como calmante leve, dice la etiqueta) pero el día del evento con 60 ml en mi haber, me dieron naúseas. ¡Ciao Espíritu! El resto se lo dejé al Azahar. Aceites esenciales olidos y untados por todo lado. Me fui con todo lo natural, nada de químicos o de alcohol, “esto lo paso en mis 17 sentidos” me dije.
Llegó el día, amanecí llorona. Eso me pasa cuando estoy sensible. También me pasa cuando estoy nerviosa, cuando estoy feliz, cuando estoy triste, cuando estoy muy brava… ¡me pasa siempre! Leyéndole los agradecimientos a mi esposo me puse a llorar. “Está bien que se te quiebre la voz, pero tenés que controlar ese llanto, no te puede pasar eso”. Era uno de mis miedos, no controlar el llanto de la emoción. Otro era que los storytellers se extendieran más de la cuenta con la historia y tener que sonarles la campana -aunque es un triángulo que suena suavecito. El más grande era que el público no fuera empático.
Cuando saludé al público y le di la bienvenida, no lo podía creer. Estaba haciendo realidad uno de mis sueños. Estaba en otra dimensión. Todo salió mejor de lo que había visualizado (otro de los ejercicios que hice para tranquilizarme). Todos pasamos felices. Al menos yo lo disfruté y viví cada momento. Fue una noche mágica.

Peeeeeeero, ya me lo habían advertido. Abrir el corazón duele. Crecer duele. Quedé muy sensible, posiblemente con el corazón muy abierto. Y de pronto, los celos, la falta de empatía, la chota a la tica, la juzgadera, la naranja podrida en un chat que no hace más que mandar malas noticias y critica lo que sea embadurnando al resto. Para todo lo anterior tengo ejemplos que ni siquiera vale la pena mencionar. Lo que me llevó a pensar: ¿en qué me metí? ¿es éste el camino correcto? ¿qué necesidad tengo de hacer esto? ¿quiero exponer a mis storytellers de esta manera? Esto de contar historias es muy tuanis y quiero hacerlo pero de pronto me vi expuesta y vulnerable. Creí que era algo del corazón, por lo tanto no debería ser malo…

Una semana después iba en un avión camino a NY, escribiendo esta historia en el teléfono con la lágrima en el ojo. Iba directo a la fuente. A encontrarme con mis maestros.Me reuní con dos duros del storytelling. Mis mentores. Creo que ya les puedo decir colegas. Me devolvieron la esperanza en mí. En esto. Me encontré con algunos de mis miedos, con mi muy nueva habilidad de poner límites con amor y saber que no voy a agradar a todo el mundo.
Se que voy a juzgar menos.
Se que soy más fuerte.
Se que sigo creciendo.
Se que hay amistades nuevas que se convierten en las mejores y las viejas se han convertido en familia escogida. Y se que hay algunas que son apegos y es hora de dejarlas ir.

Esta historia no tiene un final. Es el presente, el momento y lo que siento desde el corazón. Tengo un buen feeling. Dice un famoso grupo chileno en una de sus canciones:
“puedo entender estrechez de mente
soportar la falta de experiencia
pero no voy a aguantar
¡estrechez de corazón!”.

Llegué a la conclusión de que esto me apasiona locamente. Me hace sentir viva.
Y me dije lo que me dijo Adam, uno de mis maestros: “sí va a haber una segunda noche de storytelling”.
Y aquí estamos esta noche.
Bienvenidos a nuestro show.
Bienvenidos a Candelilla Club.

Nota: para los tres amigos que leen mi blog, esta historia fue la que conté el día de la segunda noche de storytelling. Para la que sí fue, aquí está por escrito 😉

Richard

Él empezó su historia con una frase que incluía "blanqueamiento anal". Yo estaba sentada entre el escaso público. Me puse nerviosa. Ya la imagen mental la tenía clara en mi cabeza y no era posible eliminarla. No había vuelta atrás pero quería seguir oyendo. Su historia empezaba a tener todos los matices posibles. Tenía (¡claramente!) ese gancho introductorio infalible para llamar la atención de cualquiera, tenía comedia, tenía dolor, tenía amor, tenía desesperanza pero también esperanza.
Nos contó cómo su pareja había muerto hacía unos años atrás de una terrible enfermedad, nos contó sobre su dolor y tristeza. Nos dijo cómo tiempo después le recomendaron experimentar en un lugar de citas para conocer a alguien y se lanzó con mucho miedo.
Richard es bajito y rellenito, de unos 58 años, calvo, con una barba tupida entrecanosa, vestía con una camiseta azul talladilla, unos pantalones cargo debajo de la rodilla y llevaba unas sandalias tipo franciscanas con medias.
En el lugar de citas le recomendaron adelgazar. Él puso resistencia pero le dijeron: "confíe en el proceso". Le recomendaron cambiar su forma de vestir acompañado de un "confíe en el proceso". Y también le dijeron que tenía que hacerse un blanqueamiento anal. Por supuesto que "confíe en el proceso" fue lo que le dijeron cuando él puso cara de sorpresa. Él decidió confiar en el proceso. Rebajó de peso, se compró ropa con un estilo diferente y aunque puso resistencia, decidió llevar a cabo la tercera.
Conoció a una persona con quien todo iba bien pero en algún momento se sinceró y le dijo que a pesar de que su compañía era muy agradable, a él le gustaban más rellenitos y que vistieran de una manera más informal. Junto con la sensación de un baldazo de agua inmediatamente mandó al diablo el "confíe en el proceso". Richard cierra su historia diciendo que su futuro amoroso en este momento es tan incierto y oscuro como lo que había antes de hacerse el blanqueamiento.
Yo fui a felicitarlo por la historia tan entretenida y magistralmente contada. No sólo me encantó pero quería darle ánimo y que supiera que alguien lo apoya. Casi quise decirle que parecía un storyteller profesional y que debería lanzarse a contar historias y hacer de eso lo suyo.

Tres días después vengo feliz caminando de otro show y veo a Richard en bicicleta en el semáforo. Le grito el nombre con gran entusiasmo y él sorprendido se hace a un lado en la calle, muy amablemente me saluda y me pregunta de dónde nos conocemos. Le digo que lo ví en Fail Better Story Time el sábado anterior contando una historia. Me pregunta cuál a lo que tengo que dar el dato completo, la referencia clave, la línea que capta toda la atención…. y no puede de la risa, empieza a ahogarse mientras se ríe contagiosamente, hace a un lado su bicicleta de Citi, de esas azules que se alquilan donde sea y se devuelven donde sea. Me pide disculpas por haberlo conocido de esa manera, con esa historia. Los dos nos reímos y nos quedamos hablando. Me dijo que no pudo ir a Happy Hour Story Hour el show del que yo venía porque estaba protestando en contra de Trump frente a su casa en la Quinta Avenida. Nos presentamos formalmente y me dice que habla español porque vivió algunos años en Perú. Habla un español perfecto. Es muy simpático y amable. Se despide de mí porque tiene prisa no sin antes preguntarme cómo se dice bleaching en español…
Sigo mi caminata feliz de haber conocido a semejante personaje. Siento que es mi nuevo amigo.
En la semana siguiente me lo encontré como parte del público en Risk!, otro show de storytelling en Brooklyn donde se cuentan historias que generalmente no se atreverían a contar en otro lado. Me dijo que tengo que invitarlo a contar una historia en mi país.
Lo volví a ver en The Moth en Soho haciendo la fila de los afortunados con entrada en mano; yo estaba en la otra fila, la de los mortales que esperamos dos horas para que nos anoten y ver si topamos con suerte y podemos entrar aunque sea para estar de pie. Ese día estuve de número tres en la lista. Llovía mucho y hacía frío. Lo cual hizo la espera más emocionante. The Moth es la cuna del storytelling en NYC. EL lugar. El espacio donde todos quieren ir a contar una historia, donde todos queremos ir a oír historias. Richard me presentó a otros "colegas" y trató de conseguirme entrada, amable como siempre. No fue llamado a contar su historia pero subió al escenario a decir su primera línea. Es un asunto de The Moth, los que se anotaron pero no son llamados porque hubo mucha gente esa noche, tienen el derecho de subir al escenario a decir la primera línea de su historia. Y ahí estaba Richard donde con solo una frase sobre blanqueamiento había hecho reír al público. Yo estaba muy lejos viéndolo y me sentí feliz de haber tenido la oportunidad de oír esa historia con solamente 6 personas más. Ahí estaba Richard, de quien después supe que es un gran activista, profesor, storyteller respetado en la comunidad neoyorkina quien además es coach en el tema, ganador de varios GrandSLAMS de The Moth…
Y yo que el sábado anterior me había acercado para darle ánimo a mi nuevo amigo Richard por su pequeña historia y lo iba a motivar para que siguiera en eso….

Fantastic Super Great Nation Numero Uno

Ahí estaba yo de camino al escenario, perdida en la oscuridad, metiéndome entre las mesas del público y pensando cómo se me había ocurrido voluntarizarme. Lo más seguro era que me iban a ridiculizar pero ya era muy tarde para devolverme y decir que no. Uno de los comediantes me recibió dándome la mano para subir al escenario. La gente aplaudía. Creo que aplaudían la valentía de lo desconocido. Me agradeció y pidió otro aplauso, me preguntó el nombre y me dijo que en esta escena nos íbamos a sentar a comer un pollo frito. Hizo un chiste local sobre el pollo, fingí entenderlo y me reí con el público. Mientras la escena seguía con otros dos actores, nos sentamos en nuestro “restaurant”, me dijo en voz baja que íbamos a fingir que comíamos y me dió las gracias muy amablemente. Me inspiró confianza y tranquilidad con su amabilidad a lo largo de los minutos que estuve en el escenario. Comíamos en el aire un pollo imaginario y nos reíamos. Yo me reía con el actor. Ahora pienso que nos veíamos muy natural hablando pero me estaba dando las instrucciones de lo que íbamos a hacer.

Hay varias razones por las que me voluntaricé a subirme al escenario de The Second City, nada más y nada menos que la meca de la comedia en Chicago. De aquí salieron los Belushi, Steve Carell, Tina Fey, Bill Murray, Mike Myers, Martin Short, Joan Rivers…solo para mencionar algunos. Y yo.
La primera razón es porque amo la comedia y mi sueño no es ser Miss Universo, ni estar en la lista de ejecutivas de Forbes, ni la vida eterna; es hacer reír. Detrás de esto hay todo un tema psicológico pero ahora no voy a entrar en detalles. La segunda es porque casi todo lo que me de miedo o mariposas en el estómago lo tengo que enfrentar. ¡Qué cosa con eso! La tercera es porque no pensé.
Cuando el actor gringo-mexicano preguntó si alguien en el público hablaba español, mi amiga y yo levantamos la mano y hasta sentí que la lámpara encima nuestro intensificaba su luz, como si fuera un efecto especial. Después me di cuenta que todas las lámparas del teatro se encendían gradualmente. Cuando preguntó si alguna quería pasar al escenario pensé en micro segundos que debía ir aunque fuera para la foto. Nos habían sentado de últimas y comentamos que era lo mejor para evitar alguna participación. Le iba a dar mi celular para que me tomara una foto a la distancia pero me dijo que lo hacía con el de ella. Con todos esos pensamientos en mi cabeza bajé las escaleras rumbo al estrellato y hacer mi incursión en el escenario internacional.

Mi compañero de escena me explicó rápidamente que los otros dos actores eran funcionarios de impuestos del gobierno, que él no sabía inglés y yo debía traducirle. Seguíamos comiendo pollo con cuchillo y tenedor –como Trump- imaginarios. Aunque fuera imaginario no me bajaba el pollo de la nervia. Pero seguía masticando.
Los otros dos actores hablaban y hacían su parte mientras la gente se reía. Uno de los actores hace la primera pregunta en una frase larguísima y trato de resumir todo mentalmente con palabras claves. Yo me reía pero de los nervios. Solo podía ver a la gente de la primera fila. Las luces eran muy fuertes y me encandilaban. El actor termina de hacer la eterna pregunta y decido improvisar y hacer mi propio chiste. Sí, así porque así. Fue algo espontáneo. Me sentía como con unos amigos. Me sentía como toda una profesional. Le pido repetir la pregunta. El publico se ríe, él me abre los ojos a todo lo que le da la órbita -se ve que no está actuando; mi compañero de pollo se atraganta, yo me río e inmediatamente traduzco la línea que me correspondía después de mi súper improvisación. Mi colega (ya estamos hablando de una relación profesional) me dice en voz baja mientras la escena sigue, que lo estoy haciendo muy bien, me pregunta de dónde vengo y me hace un resumen de lo que viene. Estaba un poco nervioso. Debe manejar una escena ensayada pero también me tiene que manejar a mí. Cualquier cosa puede salir mal. Puedo echarles a perder esa parte del show. Me preparo poniendo atención y hago mi segunda intervención. Es como una escena al mejor estilo de Cantinflas en donde todo se malinterpreta debido al idioma. El público se ríe. Yo me río. Las manos las tengo congeladas. La garganta la tengo seca, parece que dejo de producir saliva. La voz se me quiebra. Estoy china de reírme. Las voces de los actores las oigo a lo lejos y no entiendo nada. Me siento como en otra dimensión.
Me amigo-colega me da ánimo y me dice que viene lo más fácil, que ahora vamos a hacer un baile y que lo siga. Cada uno tiene su idea de lo que es fácil en la vida. Me dan ganas de salir corriendo. Yo no bailo. Menos en público, en un escenario, en ESE escenario. Y señoras y señores… el Dj pone Thriller de Michael Jackson y lo debo seguir como un zombie porque está relacionado con lo que él cree haber entendido de la escena lo cual hace el baile gracioso. Eso y mi cualidad para asesinar el ritmo hacen todo más gracioso. Nos movemos hacia el lado izquierdo del escenario. Se me hace eterno pero son como 3 ó 4 pasos. Ahora para el derecho, 4 pasos más y hacemos una salida triunfal al ritmo de la música y los aplausos del público.
Me ayuda a bajar. Nos despedimos con un abrazo. La gente aplaude. Me voy caminando rápido a mi puesto con una gran euforia . Sigue sonando Thriller. Es un ‘high’ indescriptible.

Llego a mi puesto. La gente alrededor me felicita como si acabara de recibir un premio Nobel, un grupo de jovencitos me levantan los dedos pulgares en señal de aprobación. La gente está feliz. Quiero llorar de la felicidad. Mi amiga mientras me felicita me dice que se le murió el teléfono. Yo le agradezco a mi público alrededor. Le pregunto a mi amiga si lo que me acaba de decir es cierto. La vecina está orgullosa de mí y me lo dice. Llamo a mi marido para contarle. Le pido a mi amiga que me abrace y lloro porque estoy muy, muy emocionada.
No hay registro alguno de ese momento. No hay foto, no hay video. Ese famoso show en Chicago, “Fantastic Super Great Nation Numero Uno” en The Second City del domingo 30 de abril del 2017 en donde fuí parte de un show e hice reír a un teatro completo por mi chiste improvisado de 3 segundos, me lo guardo en el corazón.

Las semillitas del corazón

Vivíamos en Puerto Rico, en un piso 26. Siempre teníamos las ventanas abiertas porque la brisa era deliciosa. Esa tarde estaba llorando, no encontraba consuelo. 
Tal vez era la mañana, no recuerdo bien. Hacía un sol delicioso, como casi siempre. Mi cuarto estaba lleno de luz. Hacía viento. Estaba sentada en la cama llorando y pensaba cuándo iba a dejar de sentirme así, cuándo iba a pasar esa sensación de vacío. De pronto entró volando algo y me cayó al lado. Era como una mariposita transparente que volaba rápido. En círculos, como un helicóptero que pierde el control. La cogí con cuidado y me la puse en la palma de la mano para revisarla. Tenía dos alitas blancas casi transparentes, una a cada lado, en el medio tenía una forma de corazón de un material más duro que las alitas, color beige. No las había visto antes pero sentí paz y una sensación de felicidad. Por alguna extraña razón sentí que Jor me acompañaba. Fue tal el sentimiento que decidí guardar como un tesoro la semillita con alas y corazón en un joyerito en mi mesa de noche. 

Meses después estaba en Costa Rica con Mami en su casa. Decidimos armarnos de valor y revisar las poquitas pertenencias que habían quedado de mi hermano. Mi hermana y primas regalamos todo en la misma semana de su partida. No queríamos que mis papás se encargaran de esa infame tarea así es que todo quedó reducido a unos álbumes de fotos y unas poquitas cajas de zapatos con todo lo que pudiera tener un valor sentimental para ellos. En una de las cajas estaba la billetera que andaba el día del accidente.  Cuando despegué el velcro para abrirla casi me da algo. En una de las partes transparentes para fotos tenía una semillita con forma de corazón y alitas transparentes. Empecé a llorar y Mami se me quedaba viendo sin entender absolutamente nada a la vez que me preguntaba asustada qué era lo que estaba pasando. Entre sollozos y tratando de explicarle mientras recuperaba el aire, decidí llamar a la novia de mi hermano. Me dijo que le encantaban esas semillitas de un árbol que no sabemos cómo se llama y que siempre andaba una en la billetera. De ese árbol hay otras especies que tienen las mismas semillitas, lo que varía es el tamaño del corazón. 

Ya son casi 16 años de ver esas semillitas del corazón.  Han volado dentro de mi carro, a mi cuarto, me han caído por decenas como una nevada mágica directo del árbol y han volado hasta un piso 26…. Siempre me alegran. Al igual que él, siempre ando una en mi billetera. 

Ayer fue un día que quisiera brincarme en el calendario. Fue el día que Jor decidió en un accidente emprender su viaje a la Eternidad. A las dos de la tarde.

Ayer me fui a correr. Casi dos años sin correr. Lo necesitaba. Estaba ansiosa y un poquito triste.  Ya iban a ser las dos. Pero sé que la corrida alegra. La corrida inspira. La corrida sana. Y cuando iba corriendo feliz, me cayó volando en círculos una semillita. Una semillita del corazón. 

Nada extraordinario 

Días de no escribir. Nadie dijo que iba a ser fácil. Dice Stephen King que la única manera de mejorar es escribir y escribir. Y escribir. Todos los días. Mínimo varias horas. Eso no me está pasando. No me tiene que pasar, yo tengo que hacer que pase. Hay días que no estoy inspirada. No me nace nada. No me pasa nada extraordinario.Estoy en el avión. Voy en el 19D. Pasillo. A mi lado derecho viene una pareja. Él cuando entró sonrió, le sonreí de vuelta. Ella más tímida no me volvió a ver. Igual le sonreí. Me suele suceder. Trato de no juzgar.   Los oigo comentando. Parecen felices. Hablan sobre la almohada que traen. Ella le dice que se la puede dejar, que en este vuelo no se quiere dormir. Asumo que después tienen un vuelo largo y que hacen conexión en Bogotá. Llaman a la suegra de ella y se despiden cariñosos. Cuando despegamos él toma video de la pista y se toman fotos juntos. Yo veo de reojo y mentalmente hago los ojos para arriba, lo admito. Puedo ser detestable. 

Al rato viene la sobrecargo (ya no se les dice azafatas) y los felicita. Parece que ya habían hablado antes. Les dice que son dichosos. Que hay otra pareja en las mismas que va para Londres. Ya entiendo todo. Se ganaron un viaje a Madrid y van para allá. Van felices y agradecidos: “fue una gran sorpresa” es lo que ella le dice con una sonrisota. Yo me hago la que no estoy oyendo y hago que reviso mi Facebook pero no pongo atención a nada. 

Les traen una copita de champaña y unas semillas a cada uno. Por supuesto es a los únicos que les traen la cortesía. Ella acomoda la copa y la pone más cerca de las semillas. Le toma foto. Varias hasta que quede como a ella le gusta. Seguro más tarde la pone en el ‘Feis’ o se la manda a la familia o a las amigas. O se la guarda para ella.

Me puse mis audífonos y pongo mi playlist preferido. Me hace feliz mi música. Ella me acaba de interrumpir muy amable y sonriente para decirme que la sobrecargo me está ofreciendo comida. Me quito los audífonos y le doy las gracias. Ambos me vuelven a ver y me sonríen con gran felicidad. Gente realmente amable. Se les desborda por todo lado. Hasta parecen estar felices con este olor a pollo que me va matando. Puede ser carne también. No estoy segura. Es una proteína con mal olor.

Y yo pensando en que no me pasa nada extraordinario…  Esta pareja va feliz. Disfrutando cada minuto y detalle. Leyendo las revistas del avión, disfrutando su cena, viendo alguna serie en la pantalla, hablando de lo que les espera, se agarran de las manos… Y yo soy la afortunada que estoy aquí al lado de ellos para presenciar lo que pareciera ordinario. Estoy inspirada y feliz. 

Pienso que hubiera preferido el viaje a Londres. Sí, puedo ser detestable. 

Save Me

Creo que todos tuvimos una época en que los hermanos menores nos daban pereza.Yo no logro acordarme de que esto me pasara muy a menudo pero sé que tuve mis momentos. Algunas cosas me daban pena ajena porque yo ya era muy cool para estar en esas. Otras veces me incomodaban porque yo me creía muy grande y con una madurez que ni a los 46 presento.

Creo que mis sobrinas heredaron mi sentido del humor. Me gusta pensar que todo lo bueno lo heredaron de mi.
Galia la menor de las tres, cumplió años el viernes pasado y mi hermana la fue a recoger a la escuela con las amiguitas invitadas a la fiesta. También recogió a Constantina, la sobrina del medio. ​

Adjunto el vídeo que me envió Constantina.Claramente ilustra mis puntos anteriores.  El título está claro. 

Los Globos de anoche

Mis impresiones de lo memorable en los Golden Globes:

1. Creí que Jimmy Fallon era gracioso… y que sabía improvisar. Que se quede quietecito con su programa. Que me haga creer de nuevo porque por el momento estoy un poco decepcionada de su labor como host

2. El año entrante que le den el puesto a Kristen Wiig y a Steve Carrel. Hicieron el único buen chiste de la noche. 

3. Que alguien le diga a Naomi Campbell que puede envejecer, que tiene permiso, que es natural. ¡Qué bárbara! Que esa misma persona le diga con cariño a Goldie Hawn que deje de tratar de no envejecer. Que Kurt Vogel Russell le quite el permiso. No es natural. ¡Qué bárbara! 

4. El ultra high definition de mi tele no tiene piedad con nadie. No lo recomiendo. No compren esos teles, le quitan el velo de la fantasía a la realidad…y al cutis. 

5. Este año voy a trabajar en forjar una amistad con Justin Timberlake y Jessica Biel. Coolest couple evahr.

6. Este evento parece ser más entretenido que los Oscars. Los invitados hablan, comen y toman. Mi tipo de evento.

7. Meryl Streep es la mejor actriz. Acertado homenaje.

8. No pierdo la esperanza de que algún día me entreguen un Cecile B. DeMille Award. Los discursos de entrega son los mejores. Y pido que algún día alguien me vea con la cara de admiración con la que todos veían a la Streep mientras daba su discurso de aceptación. 

9. Lo bueno de la noche: comentar con Carol y Kira paso a paso la noche a través de Emojis y Bitmojis.

10. Lo mejor de la noche: intercambiar con mis sobrinas nuestras opiniones de moda -sobre todo de las jovencitas que ellas me mencionaban y yo igual de emocionada fingía conocer después de haber googleado los nombres. 

La edad, ¿estado mental? o Todo es relativo en la vida. 

Recién cumplí 46 años. Me encanta cumplir. Es un día especial para mi. Celebro feliz un año más de vida. Una vida dichosa y plena. Estoy un poco más allá de lo que espero que sea la mitad de mi vida. Creo que los 90 sería un buen número para irse. Ojalá que así sea y llegue estando en todas.
Este año mi esposo me dio de regalo de cumpleaños un viaje a Berlín para aprender alemán. Me fui a una escuela a hacer un curso intensivo. En mi clase fui la mayor. Por mucho. Los compañeros estaban entre los 19 y 27 años. 
He aquí algunos signos de que yo me siento como ellos pero ellos me veían un poquito mayor:

– Ekta, de St. Martins de 27 años de edad me dijo mientras almorzábamos una sopa vietnamita: “para nosotros has sido una inspiración porque a tu edad estás aprendiendo un idioma que no necesitás, sos muy responsable y lo mejor es que estás a nuestro nivel….”.  Este me encantó. Por supuesto que lo tomé por el lado amable. Aunque debo admitir que después lo pensé un poquito. Muchas gracias pero ¿y qué creyó? ¿Que me iba a ir a los clubes y no llegar a clases al día siguiente como lo hacían algunos de 19? ¿Que no iba a hacer la tarea? La verdad ni a los 19 hice eso. Bonus de la edad: nivel de responsabilidad es mayor. Y muchas cosas se hacen por placer. 

– Zora de 19 años proveniente de Taiwán me dijo en inglés mientras se tomaba una limonada con ruibarbo y yo un whisky comentando sobre la vida: “oh Anastasha, sós un año mayor que mi mamá”. También me dijo que soy igualita a su madre cuando estábamos buscando algo en mi celular y le dije un poco preocupada que se me había desaparecido una pantalla. Volteó los ojos para arriba y en un tono muy dulce y condescendiente me dijo con la carita y mirada tan dulce como la de un osito panda, un osito panda taiwanés: “aquí está, solo hay que deslizar el dedo así…”, tocó el teléfono con el dedo y de pronto apareció la pantalla. Ouch! Bonus de la edad: en este caso no hubo así es que manténgase al día con la tecnología. Que no se le vaya ni una. 

– Todos los de 19 fuimos a un mercado de Navidad y decidimos tirarnos (¿idea de quién?) de una montaña artificial de nieve….solo que no había nieve, nada más la estructura cubierta con una tela especial para cuando caiga la nieve pero el funcionamiento es el mismo. Igual resbala. No me podía quedar atrás así es que pagamos, nos dieron el neumático y empezamos a subir la montaña por un caminito lateral, cada uno con su juguete sobre la espalda. Cuando llegamos arriba sentí que me vomitaba del susto por la altura pero que no se diga que soy gallina. Nos tiramos los cinco. Decidimos hacerlo juntos, así es que nos tocaba agarrarnos del neumático del vecino, acomodarnos en fila de espaldas hacia abajo. Sí, de espaldas. Cuando el señor con cara de maldad empujó al primero para abajo, no había vuelta atrás. Tuve ganas de tirarme. Ese neumático agarra una gran velocidad conforme baja. Al llegar rebota contra una pared. Yo decidí frenar con la pierna. No ví nada porque iba gritando con los ojos cerrados. Solo sentí. Sentí el piso en toda mi colita. Sentí la estructura completa de metal. Dos días con dolor de coxis y la columna un toquecito destramada por mi frenado manual. Ahhhhh, pero decidieron tirarse otra vez más y hubo dos lesionados levemente. Bonus de la edad: hay que saber cuando decir que no. Y disfrutar lo que se pueda.

– Cada vez que abría mi backpack para sacar los guantes, el gorro, la billetera, la bufanda, la sombrilla, el tiquete del transporte o cualquier otro artículo…se me hacía un desmadre y todos me preguntaban si necesitaba ayuda y me sostenían las cosas. Me jalaban las bolsas de los mercados de Navidad y a veces hasta los cuadernos. Igualito que como hago con Mami. O como cuando a Papi le ayudaron a cruzar un semáforo y él agradeció al joven con un “gracias mijito” y caminó lentamente para no decepcionar al buen samaritano. Bonus de la edad: la gente le ayuda a uno con la carga.     

Ojalá siempre haya una dosis balanceada de ayuda, responsabilidad, irresponsabilidad, locura, cordura, noes y síes para disfrutar este ride.